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20060405

El esprit du corps de Guillermo Novellis

Tuve el disgusto y la mala idea de mirar anoche el programa Otro tema, conducido por Santo Biassati.
Allí se debatía la conveniencia o no de que los señores del grupo Callejeros volvieran a tocar en público.
El hecho de que esos muchachos -responsables o corresponsables de las espantosas muertes de 194 adolescentes- vuelvan a tocar o sean autorizados por la justicia a hacerlo en público es una verdadera aberración. Todos los músicos están procesados por la masacre del fatídico 30 de diciembre de 2004, así que si viviésemos en un país normal se les prohibiría hacerlo. Los abogados de estos hipócritas esgrimen el "derecho al trabajo lícito". Muy bien. Que vayan a manejar un taxi, a recoger la basura o a juntar cartones (si los taxistas, basureros y cartoneros que perdieron parientes en Cromañón se los permiten, cosa que dudo). Pero que no toquen más hasta que la justicia demuestre que son inocentes.



De izq. a der.: Omar Chabán, dueño o gerenciador de Cromañón;
médicos retirando un muerto; Guillermo Novellis,
cantante de grupo La Mosca (pique para ampliar)


Pero eso, como diría el bueno de Santo, es "otro tema".
Lo que motiva este post son las declaraciones del calvo cantante del grupo La Mosca, Guillermo Novellis en el programa mencionado.
Ni el aspecto de Novellis (foto derecha) ni su prosa son muy inteligentes -eso es cierto- y todos sus dichos habrían consecuentemente caído en saco roto, si no fuera por el hipócrita, cobarde, miserable esprit du corps, el marcial, indefectible espíritu de cuerpo de que hizo gala al comentar que él "estaba de acuerdo" con que se permitiera a los Callejeros volver a tocar en público.
Para avalar su punto de vista (gremial, corporativo y obviamente postor de barbas en remojo), Novellis (¿ta?) nos regaló algunas, varias, muchas perlas como las que siguen y que comento a continuación:

"Lo de Cromañón pudo pasarle a cualquiera. Pudo pasarme a mí".
Este argumento es de una falacia repugnante. Lo de Cromañón no puede pasarle a cualquiera, porque si así fuese ocurriría todo el tiempo, y no es así. No le pasó a Soda Stereo, no le ocurrió a The Police en New York City, no le sucede al Planetario ni al Gran Rex cuando están Les Luthiers, ni siquiera le ha sucedido a ningún otro grupo de rock en Cromañón, con Chabán (foto de la izquierda, ya se ve...) y bengalas incluidas. No, Novellis. Lo de Cromañón le pasó a Callejeros y sólo a Callejeros. No le pasó ni a usted. No le pasó a los Rollings Stones. No le pasó ni siquiera a River Plate en la masacre de la Puerta 12. Le pasó a Callejeros, ¿se entera?

"Todos somos culpables de lo de Cromañón".
No me consta si Novellis es culpable: si así fuese debería presentarse en la justicia, explicar los motivos de su culpa y permitir que el ministerio público lo acuse. El resto de la humanidad no tiene culpa. Para la justicia argentina los responsables (en consecuencia: procesados) son Chabán (si su estómago es fuerte y lo resiste mírelo de nuevo: foto izquierda), Callejeros, algunos bomberos y policías y un par de funcionarios menores, muy menores... Por suerte, la Honorable Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires ya se deshizo de Ibarra, cuyo certificado de defunción política se firmó la misma noche del incendio.
¿Usted es culpable, Novellis? No dudo de su palabra. Yo la acepto sin dudarlo. Lo que no voy a aceptar es que me eche la culpa a mí y a tros tres millones de porteños inocentes (que, a lo sumo, tienen la grave culpa y el cargo de conciencia de haber elegido al siniestro Ibarra) de lo que hicieron usted y sus diez o doce cómplices (ya que se acusa usted mismo, entonces es cómplice). A mí (que estaba durmiendo en el momento crucial) no me meta en este sórdido asunto. Hay otros 37 millones de argentinos y unos 6.500 millones de seres humanos que tampoco tenían nada que ver.


"Hay que educar a la gente, hay que educar al público".
Con esta curiosa y seudointelectual pirueta lingüística Novellis intenta cumplimentar un doble objetivo. Primero y obvio, invertir la carga de la prueba para investigar y culpar a las víctimas. Otra manera de expresar sus dichos sería "Cromañón se incendió por la ignorancia de los espectadores". Esto, como la justicia ha demostrado y las pericias confirman, es una vil mentira. Cromañón se incendió porque Chabán decoró el local con materiales combustibles y prohibidos, y porque la puerta de emergencia estaba cerrada con candado. ¿De qué educación nos habla, señor Novellis?
La otra absurda presuposición (falaz, como todas las anteriores) es que el público tuvo algo que ver en el asunto. Los periodistas Franco Salomone y Magdalena Ruiz Guiñazú denunciaron públicamente que obran en su poder (enviadas por el representante artístico de Callejeros) dos copias de las invitaciones para la prensa al recital del día mortal. Y en ellas reza, en grandes caracteres tipográficos: NO TE OLVIDES DE TRAER TUS BENGALAS. ¿Público? ¿La culpa es del público, Novellis?

"Todos asumimos actitudes de riesgo, como no usar las luces bajas del auto".
Puede ser. No me consta. Yo no asumo riesgos innecesarios, y la gente que me rodea tampoco. Si Novellis lo hace, allá él. En cualquier caso, el argumento de que todos somos suicidas en potencia (hecho muy discutible y científicamente incomprobable) no sirve para apoyar el hecho de que la culpa la tuvo el público ni la hipótesis de que Callejeros tenga derecho a volver a subir a un escenario.

"Somos una sociedad enferma".
Otro hecho incomprobable, al menos a la luz de los más recientes y serios estudios estadísticos sobre salud mental. Y aunque tuviese razón: ¿qué tiene eso que ver con el hecho de que Callejeros incentivó al público (ver las entradas para la prensa) para que encendiera la pirotecnia y con el hecho de que Chabán o sus subordinados cerraran las puertas de emergencia?

"Desde arriba del escenario las bengalas se ven tan lindas... Es un espectáculo...".
Sin palabras, Novellis.
Sin palabras.
Sin palabras, muertos y heridos.
Sin palabras.
Sin palabras, padres de los muertos y heridos que luchan por la justicia y porque Callejeros nunca vuelva a tocar en público.
Sin palabras.
Sin palabras, Santo Biassati (que se quedó callado).
Sin palabras.
Sin palabras, lectores.
Sin palabras...