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20060316

Rubén Darío


Darío es la principal figura del modernismo en esta parte del mundo, príncipe y gobernador de los poetas hispanoparlantes contemporáneos.
Nació en 1867 en Metapa, República de Nicaragua, y en realidad se llamaba Félix García.
Su vida parece sacada de una novela de aventuras: creció con unos ancianos parientes de su madre, a los que creía sus verdaderos padres. El primer libro que leyó en su vida fue El Quijote, al que siguieron La Biblia, Las Mil y Una Noches y los Oficios de Cicerón. Más tarde se aficionó a Moratín y a Mme. de Stäel. Influído por esta heterogénea mezcla, decidió comenzar a escribir cuando sólo tenía diez años.
A los doce comenzó a publicar. A los trece, era periodista profesional, escribía incisivos y violentos artículos en los diarios y enseñaba gramática en un colegio. Luego, abandona su pueblo para ir a la capital, y el Congreso de su país vota una ley para otorgarle, a manera de beca, un viaje a Europa, pero sus inflamados poemas contra la Iglesia Católica (máxime viniendo de un niño de trece años), provocan que el Presidente vete la resolución.
A los catorce, es nombrado bibliotecario en Managua, y allí se volvió experto en los clásicos griegos y latinos. Viaja a El Salvador, para inmediatamente volver a Nicaragua y ser nombrado secretario del Presidente de la República.
A los dieciocho años se establece en Chile, y comienza a escribir en La Nación de Buenos Aires, alternando con plumas como las de José Martí, Paul Groussac y Santiago Estrada, tres grandes influencias para Darío.
Vuelto a América Central, lucha en las guerras civiles que desangran a la región: Darío quiere unirlas a todas en un solo país. Dirige diarios, lee a Hugo en francés y finalmente es nombrado para representar a Nicaragua en las fiestas españolas por el cuarto centenario del Descubrimiento.
Ya en España, se hace amigo de Menéndez y Pelayo, Cánovas, Pardo Bazán, Zorrilla y Campoamor. Luego viaja a Nueva York, donde se asocia con José Martí. Vuelve a cruzar el mar, llega a París, y allí frecuenta a Verlaine, a Morice, a Gómez Carrillo y a Duplessis.
Llega más tarde a la Argentina: se rodea de literatos como Rafael Obligado, Roberto J. Payró, Enrique de Vedia, José Ingenieros, Leopoldo Lugones...
Vuelve a España, conoce a Juan Ramón Jiménez, Benavente, Baroja, Unamuno, Valle-Inclán, retorna a París, visita Italia, Bélgica, Alemania, Austria-Hungría, Inglaterra y París, Mallorca, Barcelona, Río de Janeiro, Nueva York otra vez...
Derrotado por los excesos que cometió durante toda su vida, caerá vencido por la muerte en Nicaragua, en 1916, a los 49 años.
El modernismo de Darío se inspiró en el simbolismo francés y en el decadentismo, así como en el prerrafaelismo. Su vuelo lírico lo emparenta con Hugo y con Verlaine. Sus versos son musicales, aunque, en su época, no tan adecuados para cualquier público: "Yo no soy un poeta para muchedumbres, pero sé que indefectiblemente tengo que ir a ellas", dijo una vez.
El epitafio de Rubén Darío fue escrito en verso por Antonio Machado, y es un canto glorioso a la fama del mayor y más inspirado poeta de la lengua castellana moderna.
Darío publicó, entre muchos otros libros: Primeras Notas (poesías, 1885, cuando el poeta tenía 18 años); Abrojos (Santiago de Chile, 1887); Emelina (en colaboración con Eduardo Poirier); Rimas (Valparaíso, 1888); Azul (Chile, 1888, la más exquisita de sus obras); Epístolas y poemas (1889); Prosas Profanas (Buenos Aires, 1896, su primera obra dentro del modernismo); Los Raros (semblanzas de poetas como Poe, Verlaine, Rimbaud, Baudelaire); Cantos de Vida y Esperanza (Madrid, 1905); El Canto a la Argentina y otros poemas (1910) y su autobiografía La vida de Rubén Darío escrita por él mismo (1915).
A Cantos de Vida y Esperanza pertenecen los fragmentos de Yo soy aquel... que presentamos hoy, y a Canto a la Argentina y otros poemas los del Canto a la Argentina. Todas las notas nos pertenecen.


Yo soy aquel...

Yo soy aquel que ayer nomás decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana.

El dueño fui de mi jardín de sueño,
lleno de rosas y de cisnes vagos;
el dueño de las tórtolas, el dueño
de góndolas y liras en los lagos;

y muy siglo dieciocho y muy antiguo
y muy moderno; audaz, cosmopolita;
con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,
y una sed de ilusiones infinita.

Yo supe de dolor desde mi infancia,
mi juventud... ¿fue juventud la mía?
Sus rosas aún me dejan su fragancia,
una fragancia de melancolía...

Potro sin freno se lanzó mi instinto,
mi juventud montó potro sin freno;
iba embriagada y con puñal al cinto;
si no cayó, es porque Dios es bueno.

En mi jardín se vio una estatua bella;
se juzgó mármol y era carne viva;
un alma joven habitaba en ella,
sentimental, sensible, sensitiva.

Y tímida ante el mundo, de manera
que encerrada en silencio no salía
sino cuando en la dulce primavera
era la hora de la melodía...

Hora de ocaso y de discreto beso;
hora crepuscular y de retiro;
hora de madrigal y de embeleso,
de "te adoro", de "¡ay!" y de suspiro.

Y entonces era en la dulzaina un juego
de misteriosas gemas cristalinas,
un renovar de notas del Pan griego
y un desgranar de músicas latinas,

con aire tal y con ardor tan vivo,
que a la estatua nacían, de repente,
en el muslo viril patas de chivo
y dos cuernos de sátiro en la frente.

Como la Galatea gongorina
me encantó la marquesa verleniana,
y así juntaba a la pasión divina
una sensual hiperestesia humana;

todo ansia, todo ardor, sensación pura
y el vigor natural; y sin falsía,
y sin comedia y sin literatura...:
si hay un alma sincera, ésa es la mía.

La torre de marfil tentó mi anhelo;
quise encerrarme dentro de mí mismo,
y tuve hambre de espacio y sed de cielo
desde las sombras de mi propio abismo.

Como la esponja que la sal satura
en el jugo del mar, fue el dulce y tierno
corazón mío, henchido de amargura
por el mundo, la carne y el infierno.

Mas, por gracia de Dios, en mi conciencia
el Bien supo elegir la mejor parte;
y si hubo áspera hiel en mi existencia,
melificó toda acritud el Arte.

Mi intelecto libré de pensar bajo,
bañó el agua castalia el alma mía,
peregrinó mi corazón y trajo
de la sagrada selva la armonía.

¡Oh, la selva sagrada! ¡Oh, la profunda
emanación del corazón divino
de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda
fuente cuya virtud vence al destino!

Allí va el dios en celo tras la hembra,
y la caña de Pan se alza del lodo;
la eterna Vida sus semillas siembra,
y brota la armonía del gran Todo.

El alma que entra allí debe ir desnuda,
temblando de deseo y fiebre santa,
sobre cardo heridor y espina aguda:
así sueña, así vibra y así canta.

Vida, Luz y Verdad: tal triple llama
produce la interior llama infinita;
el Arte puro, como Cristo, exclama:
¡Ego sum Lux et Veritas et Vita!

Y la vida es misterio; la Luz ciega
y la Verdad inaccesible asombra;
la adusta perfección jamás se entrega,
y el secreto ideal duerme en la sombra.

Por eso ser sincero es ser potente.
De desnuda que está, brilla la estrella;
el agua dice el alma de la fuente
en la voz del cristal que fluye de ella.

Tal fue mi intento, hacer del alma pura
mía, una estrella, una fuente sonora,
con el horror de la literatura
y loco de crepúsculo y aurora.

Del crepúsculo azul que da la pauta
que los celestes éxtasis inspira.
Bruma y tono menor: -¡toda la flauta!-,
y Aurora, hija del Sol: -¡toda la lira!

Pasó una piedra que lanzó una honda;
pasó una flecha que aguzó un violento.
La piedra de la honda fue a la onda,
y la flecha del odio fuése al viento.

La virtud está en ser tranquilo y fuerte;
con el fuego interior todo se abrasa;
se triunfa del rencor y de la muerte,
y hacia Belén... ¡la caravana pasa!



Canto a la Argentina

¡Argentina! ¡Argentina!
¡Argentina! El sonoro
viento arrebata la gran voz de oro.
Ase la fuerte diestra la bocina,
y el pulmón fuerte, bajo los cristales
del azul, que han vibrado,
lanza el grito: Oíd, mortales,
oíd el grito sagrado.


Oíd el grito que va por la floresta
de mástiles que cubre el ancho estuario,
e invade el mar; sobre la enorme fiesta
de las fábricas trémulas de vida;
sobre las torres de la urbe henchida;
sobre el construir, sobre el bregar, sobre
tumulto de metales y de lumbres
activos; sobre el cósmico portento
de obra y de pensamiento
que arde en las políglotas muchedumbres;
sobre el construir, sobre el bregar, sobre el soñar,
sobre la blanca sierra,
sobre la extensa tierra,
sobre la vasta mar.

¡Argentina, región de la aurora!
¡Oh, tierra abierta al sediento
de libertad y de vida,
dinámica y creadora!
¡Oh, barca augusta de prora
triunfante, de doradas velas!
De allá de la bruma infinita,
alzando la palma que agita,
te saluda el divo Cristóbal,
príncipe de las Carabelas.

Te abriste como una granada,
como una ubre te henchiste,
como una espiga te erguiste
a toda raza congojada,
a toda humanidad triste,
a los errabundos y parias
que bajo nubes contrarias
van en busca del buen trabajo,
del buen comer, del buen dormir,
del techo para descansar
y ver a los niños reír,
bajo el cual se sueña y bajo
el cual se piensa morir.

¡Éxodos! ¡Éxodos! Rebaños
de hombres, rebaños de gentes
que teméis los días huraños,
que tenéis sed sin hallar fuentes
y hambre sin el pan deseado,
y amáis la labor que germina.
Los éxodos os han salvado.
¡Hay en la tierra una Argentina!
He aquí la región del Dorado,
he aquí el paraíso terrestre,
he aquí la ventura esperada,
he aquí el Vellocino de Oro,
he aquí Canaán la preñada,
la Atlántida resucitada;
he aquí los campos del toro
y del Becerro simbólicos;
he aquí el existir que en sueños
miraron los melancólicos,
los clamorosos, los dolientes
poetas visionarios
que en sus olimpos o calvarios
amaron a todas las gentes.

He aquí el Gran Dios desconocido
que todos los dioses abarca.
Tiene su templo en el espacio;
tiene su gazofilacio
en la negra carne del mundo.
Aquí está la mar que no amarga,
aquí está el Sahara fecundo,
aquí se confunde el tropel
de los que a lo infinito tienden,
y se edifica la Babel
en donde todos se comprenden.

¡Y yo, por fin, qué he de decirte,
en voto cordial, Argentina!
Que tu bajel no encuentre sirte,
que sea inexhausta tu mina,
inacabables tus rebaños
y que los pueblos extraños
coman el pan de tu harina.
¡Cómalo yo en postreros años
de mi carrera peregrina,
sintiendo las brisas del Plata!
Que libre de hambres y pestes
por tus tesoros y tu ciencia,
jamás enemigas huestes
te combatan. Tu preeminencia
sea siempre mayor, y homérica
voz de tu genio viril
por ti diga el triunfo de América.

Y mi inspiradora, alumna
del Musagetes, al viento
las alas, mi pensamiento
florido da a la columna,
riega junto al monumento;
y en lo solemne del coro,
del himno el acento canoro
une mi amor y mi acento:
¡Argentina, tu día ha llegado!
¡Buenos Aires, amada ciudad,
el Pegaso de estrellas herrado
sobre ti vuela en vuelo inspirado!
Oíd, mortales, el grito sagrado:
¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!