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20060403

De lo que quema en la garganta, por María Andrea Rossi

Esto quiere ser sobre las cosas que queman en la garganta y no se apagan con el vino, los licores. O el agua.
De lo que se apaga y no se olvida. O al revés. Ustedes lo dirán.


Puede ser que la fe queme en la garganta y lo hará porque nos arrebata las razones y las palabras. A algunos deja mudos, tiesos, impotentes, a otros los lanzará a algún abismo.
No creer es quemarse una vez menos. Al menos.


El hambre quema. Ni la tuya, que estás pudiendo leer esto ni la mía que tengo el tiempo y la energía para escribirlo.
Pero la risa quema. La pena, la angustia, el miedo.
El miedo.
El futuro. El no tenerlo... para quien cree en el futuro.


Pero esperar...

Lo que yo quería era invocar a la espera, a la paciencia, no para que lleguen sino para que dejen de llegar, una y otra vez, para que se agoten.
Que se exilien donde se exilió la sorpresa, la consternación, la acción.


Resignarse quema en la garganta y es nada más que simplemente reaccionar, o estar casi muerto.
Todo poquito, de todo un poco menos.
Nos olvidamos de hacer, de accionar y apenas somos una respuesta esperando ser dada.
Las respuestas queman en la garganta. Y tenemos terror de preguntar.
Nos tomamos litros de líquidos para suavizar todos los ardores de las respuestas que no nos podemos dar.


Pienso en los venenos que quemaron algunas de nuestras gargantas. Recuerdo que alguien, alguna vez, nos habló a todos de felicidad como un Aristóteles renacido aquí abajo, en el extremo, donde el mundo se estrecha en esta garganta que no sabemos cuánto más podrá tragar.
¿El olvido nos quema en la garganta?, les pregunto.
¿El desgano? ¿La indiferencia?
Digo que no, que no queman lo suficiente porque realmente no lo entendemos.


Pero la espera...

Hoy quema el hoy y promete una gran fogata para el futuro que todos los días nos engaña que llega mañana. Pero nunca llega y nunca llegó y es cenizas en viejas gargantas.
Si el futuro no existe quema y ya no nos suenan sus promesas de frescura.
Cuando ni el futuro alivia los ardores es porque no hemos hecho otra cosa que esperar.
Pero todo arde o comienza a hacerlo.
Digo que dejemos de esperar. Y no sé qué hacer mientras todo y nada sucede frente a mí y a mi alrededor, sino escribir.
Y escribir arde.


Pero esperar...

Y arde mirar. Y no ver ni oír también nos arde.
Y escuchar las promesas que se van a la hoguera con nuestra carne, nuestros huesos y ojos y oídos y estómagos y corazones...
Todos brujos quemándose en la misma hoguera de la que nadie entiende desde cuándo arde. Ni quién la encendió.
Todos brujos inocentes sin respuestas. Conciencias sin reproches.
Y aún no sentimos el miedo que corresponde. Y aún no aprendimos cómo indignarnos o sorprendernos, defendernos, comprendernos.
Y comprender arde en la garganta.


Pero esperar... quiero decir ESPERAR... Esperar es un incendio.



María Andrea Rossi
La Nueva Literatura Argentina
Año II - Nº 15
31 de mayo de 2002

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