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20051024

Venancio Cienfuegos y la lluvia

Otra voz conocida en nuestro weblog. Fernando Pérez nació en Pontevedra, y escribe sabrosos relatos además de cantidades de poesía.
Guardo un profundo afecto por este autor gallego: aparte de producir una obra rebosante de calidad, es el titular de la editorial El Taller del Poeta, que tuvo la absurda idea de aceptar y publicar mi primer libro, Últimas Visiones.
El hombre que se evaporó está emparentado con el realismo mágico latinoamericano, y la imaginación de Pérez Poza y su respeto por la lengua y el vocabulario lo convierten en una pieza extraordinariamente agradable. El uso de recursos clásicos para contar la historia realza y beneficia el sentido moral de la reflexión que Pérez inserta en la vuelta de tuerca final.

El hombre que se evaporó
por Fernando Luis Pérez Poza

A pesar del intenso calor, Venancio Cienfuegos se sentía tan ligero como una pluma. Notaba cómo su cuerpo, poco a poco, se iba despojando de todo el peso material mientras un vapor espeso dibujaba su silueta con tenues líneas de humo, casi transparentes, sobre el azul del firmamento. Era como si un profundo letargo de intensidad valium treinta hubiera tomado posesión de su espíritu y devorado el cóctel de moléculas que componían su mortal existencia.
Flotaba libre en el espacio, completamente ajeno al influjo de las fuerzas de la gravedad. El viento inflaba sus venas de libertad. Podía volar con mayor precisión que una gaviota, hacer vuelos rasantes sobre el mar para luego ascender y diluirse en el aire con tan sólo formular un breve deseo en su pensamiento. En una fracción de segundo era capaz de adoptar mil formas diferentes o, por el contrario, permanecer inmóvil durante horas en la quietud del tiempo detenido.
Venancio Cienfuegos ignoraba lo que estaba aconteciendo, lo que estaba transformando su vida, la causa del milagro que se derramaba por sus venas. Una húmeda y grandiosa sensación de inmensidad inundaba todos los poros de su ser, como si una mano invisible le estuviera abriendo de par en par las puertas de la eternidad. Por un momento, pensó que había muerto y, por arte de magia, se había convertido en ángel, aunque le faltara el vestido azul de raso y el carnaval de alas con que las monjas solían iluminar las representaciones navideñas en el parvulario. O, tal vez, era el fantasma de un niño que, al atardecer, tendido sobre la hierba, dejaba vagar sus ojos tras una vaporosa nube e imaginaba que podía viajar a la velocidad del pensamiento por todos los confines siderales.
En su fuero más interno tenía la certeza de que aquellas vastas praderas de aire, que ahora se extendían ante su vista, habían sido diseñadas especialmente para sus juegos. Largas, continuas, tridimensionales, sin un obstáculo que entorpeciese el deambular de los seres que por ellas se atrevían a discurrir, se le antojaban inmensas. Y aprovechando esa inmensidad ora se convertía en espiral jugando a dejarse engullir por los remolinos de viento, ora en la estela mágica de un cometa en plena evasión a otra galaxia, ora en un trapecista sin red en la alquimia celestial.
De todos los cambios operados en su fisonomía lo que más sorprendía era que se había vuelto claro, diáfano, traslúcido. Todas las aves y objetos materiales podían atravesarlo con la misma nitidez que una espada a un faquir, sin causarle el más mínimo daño. Otra característica sobresaliente de su nuevo estado consistía en que no necesitaba comer, ni trabajar, ni respirar. Y mucho menos estudiar. La vida le resultaba sumamente fácil y grata por obra y gracia del milagro operado en su metabolismo.
En la extraña dimensión en la que había penetrado, el tiempo carecía de importancia. Allí, a nadie se le ocurría utilizar el reloj porque en función de la velocidad y dirección del vuelo podía cambiar a su antojo el devenir secuencial y lógico de los minutos. Si alguien navegaba en sentido contrario al movimiento de rotación de la tierra todo se volvía del revés, primero la tarde y después la mañana, sin el intervalo de la noche, que ocurría tras el amanecer. Si lo hacía en sentido vertical y ascendente los días y las noches se volvían tan largos que no se acababan nunca.
El blanco rumor del mar en verano actuaba como un imán sobre las corrientes de aire que le impulsaban, y Venancio Cienfuegos tomó la decisión de acercarse a la tierra. Y sólo entonces, al ver su sombra reflejándose en el agua como en un espejo, pudo comprender el origen de aquel cúmulo de mágicas sensaciones, de aquella bacanal de locura en que se había transformado su vida: ¡lo que había sucedido era algo tan extraordinario que resultaba imposible de creer! ¡Por algún capricho del destino se había convertido en una nube de perfiles blancos, casi de algodón, que navegaba, libre, surcando el cielo!
Allá abajo, tendidos sobre la cálida arena de la playa, rodeados de frascos de bronceador, lucían sus lomos adobados miles de seres humanos. Sus alegres toallas extendidas realzaban el espectáculo multicolor de la tarde. Algunos corrían de un extremo a otro por el extenso arenal aspirando profundamente el aroma de la brisa oceánica. Otros, sobre todo los niños, se entretenían jugando con las olas al corre que te pillo. Los más intrépidos se aventuraban a nado mar adentro con la velada esperanza de encontrar una bella sirena con la que adornar sus sueños.
Venancio Cienfuegos sintió la necesidad de investigarlo todo, de trepar hasta los últimos confines del cielo, de revolcarse en cada uno de los átomos del universo y elevó su vuelo. Pero pronto comprobó que a medida que ascendía, la temperatura atmosférica disminuía y la gravedad le liberaba más y más de su atracción fatal. El frío transformaba su volumen en una masa informe de hielo picado como el que se usa para los cócteles. Volvía a sentirse materia pero seguía volando libremente. Y las puntiagudas aristas de aquellos cristales le producían más picores que una manifestación de pulgas pululando por sus venas.
Durante el día vagaba solitario y silencioso bajo el intenso sol que brotaba del cielo, tratando de encaramarse a los vientos más favorables y divertidos. Al caer la noche bajaba en forma de espesa niebla hasta el río y allí se pasaba las horas muertas, reposando su humedad y escuchando el dulce croar de las ranas. Cuando podía, aprovechaba las brisas más ligeras para peinar suavemente las puntas que sobresalían de sus etéreas formas y se adornaba con alguna de las esquizofrenias de luna que desprendían los estanques. Pero de entre todas las cosas, lo que prefería, lo que más amaba, lo que realmente le chiflaba, era jugar a convertirse en rocío para derramar sus vespertinas gotas sobre los sedientos pétalos de las flores marchitas y devolverlas así a la vida.
Le gustaban también los vientos tranquilos, que le permitían recrearse, de esos que a veces ni siquiera soplan porque han pasado una gran parte de su vida encerrados en las montañas del Tíbet y han adquirido una pequeña y apasionada vena mística por la quietud. Con ellos daba graciosas volteretas en el aire. En sus brisas era capaz de fabricar arcoiris sin apenas humedad, aunque nunca acertara a emplear los colores adecuados. También podía navegar al estilo mariposa o simplemente dejarse llevar por un soplo mientras se hacía el muerto.
En algunas ocasiones, un avión atravesaba su silueta, a una velocidad de vértigo, dejando tras de sí una preciosa pero contaminante estela de humo. A través de los cristales de las ventanillas se podía contemplar un largo centenar de cabezas diminutas como cerillas, algunas de ellas calvas y redondas como naranjas. Y en su pensamiento se establecía un paralelismo con la vida y los diferentes niveles existenciales. En el mundo, en la sociedad, en cualquier grupo humano también se estilaban los asientos de primera, de segunda o de tercera. Los de primera siempre ocupados por políticos con cara de atareados y pensamientos vip o gente que ha conseguido su fortuna a costa de explotar a los demás; los de segunda, con los motores zumbando en sus oídos y el ala a su costado, limitándoles la visión a algunos retazos del paisaje; y los menos afortunados, los de tercera, aferrados al asiento de cola, siempre sometidos a los vaivenes de las turbulencias, sin más horizonte que la nuca del pasajero que va sentado en el asiento de delante.
Venancio Cienfuegos, por un momento, pensó que quizá el mundo no fuera más que eso, una inmensa lata de conservas con arco iris y el sol el autoclave que lo esteriliza, y su alma se llenó de tristeza. Pero luego descartó la idea. Aunque llevaba poco tiempo de nube, presentía que la vida tenía que ser algo más. No podía reducirse todo al ocio de pasear por los cielos, de cabalgar encaramado a los vientos sin un propósito definido, sin un objetivo concreto, sin un motivo específico con el que justificar semejante derroche de realidad vital. En su fuero interno sabía que tenía que haber algo que le diera sentido a las cosas: un ser superior, una fórmula total de la matemática de la vida, un principio para la alquimia existencial.
En algunas tertulias de nubes había oído hablar de un ser al que llamaban La Gran Nube. Nadie la conocía personalmente, pero comentaban que era maravillosa, tan grande que su presencia podía llegar a ocultar todos los horizontes simultáneamente. Se decía que con tan sólo proponérselo podía cambiar de color o de aspecto, o volverse agua o hielo a voluntad del pensamiento. Algunas creían que era de un blanco sobrenatural, tan elegante como un vestido de novia; otras, por el contrario, de un gris intenso, casi negro, de nubarrón con tintes de tormenta. Se comentaba que cuando llovía solía hacerlo equilibradamente, derramando su agua únicamente en los sitios donde se necesitaba y en la proporción adecuada. Las que habían escuchado su voz alguna vez, explicaban que se expresaba de una manera muy rara, como en clave, y cada una de sus palabras simbolizaba un jeroglífico dificilísimo de resolver. Pero al cabo del tiempo se volvían locas y empezaban a hablar como ella.
Decían que cada nube es como un planeta alejado del otro, que todos tenemos derecho a unir nuestra humedad pero no a invadir o a apropiarse de la del hermano. Que la verdadera libertad es el ejercicio de la solidaridad con el universo. Que todas unidas podríamos ser esa Gran Nube que necesita la Tierra. Que la misión de las nubes es la de llover, devolverle a la tierra la humedad que le roba el sol en los días calurosos y generar alegría, felicidad y verdes esperanzas a nuestro alrededor.
La verdad era que Venancio Cienfuegos apenas entendía una palabra. Todo aquello le parecía un galimatías propio de las nubes que han osado penetrar las regiones más altas de la atmósfera y han permanecido mucho tiempo congeladas sin otra cosa que hacer que darle vueltas y más vueltas al coco, retorciéndose en la más espesa de las angustias como en una noria, así que no les prestaba atención. En el mundo existían tantos jeroglíficos por resolver que si se echaba uno más a cuestas terminaría volviéndose tarumba.

¿Acaso puede el agua mantenerse limpia y clara en una ciénaga? Y el alma de la Gran Nube, ¿existe? ¿Por quién está formada? La vida es un eterno proceso de transformación. Hoy se es nube, mañana humano y pasado planta. Un día se está en el cielo y al día siguiente atormentado, en la tierra, formando parte de un cuerpo material y sólido. No eran las nubes quienes podían cambiar el mundo. Era el mundo el que cambiaba a las nubes, sin preguntarles lo que querían ser. Cómo hacer caso de aquellas locas que pronunciaban esa sarta de locuras si con sólo acercarse a ellas y escuchar sus palabras se podía volver uno majara, se decía para sus adentros Venancio.
Inmerso en la profundidad de sus meditaciones, no se percató de que se dejaba arrastrar por una corriente descendente. Era una suave ráfaga de viento que concentraba su escasa potencia y caudal de aire tres mil metros más abajo, una de esas brisas cuyo deambular por el mundo las ha dejado tan extenuadas que tan sólo guardan fuerzas para llegar al África y exhalar su último suspiro en las estériles llanuras del desierto, donde nada más llegar se cargan de arena y les resulta imposible soplar.
Aquellos parajes en los que inadvertidamente se había ido adentrando no se parecían en nada a la sociedad opulenta que había sobrevolado con anterioridad. No había rascacielos, ni siquiera grandes ciudades como en Europa o en América. En cientos de kilómetros a la redonda apenas se observaba algo de vegetación. Los árboles sin hojas se erguían como espectros de muerte sobre las desiertas planicies en un cántico al más puro estilo Poltergeist. Sobre la tierra reseca y resquebrajada de aquellas vastas llanuras donde no crecía ni el perejil, la pobreza y la necesidad habían provocado un estado de perpetua humillación. En aquellas latitudes, cientos de miles de personas trataban de extraer de su médula ósea las últimas constantes vitales con el fin de sobrevivir.
El dolor y el hambre habían convertido a aquellos seres en esqueletos, en sacos de huesos vivientes, en auténticas radiografías humanas. Carcomidos por las moscas, incapaces de dar más de dos pasos seguidos sin marearse, parecían cadáveres amortajados antes de la triste y fatal hora de la muerte. Su epidermis era un vademécum que contenía todas las enfermedades de la superficie terrestre. Dentro de su piel apenas quedaba la fuerza necesaria para cavar su sepulcro. Si aquellas gentes no se comían unas a otras era sólo por pudor. Cualquier perro o animal doméstico de una zona desarrollada del planeta tenía una renta per cápita más elevada que ellos.
Venancio Cienfuegos no comprendía nada. Su mente era un inmenso galimatías que no encontraba sentido a las cosas. Hasta que sus ojos sufrieron aquella terrible visión, aquella descarnada revelación de la crueldad divina y humana, había pensado que todos los seres del planeta, incluso los más insignificantes, tenían una misión que cumplir: las abejas, por ejemplo, se dedicaban a elaborar la miel con el néctar de las flores. Las vacas daban leche a través de las ubres para fortalecer los huesos de toda la población. Los árboles sujetaban a la tierra para que ésta no se precipitase en el vacío del espacio absoluto, en el profundo tobogán del universo, en la espesa amargura de la soledad cósmica. Era una misión que formaba parte de las características esenciales e intrínsecas del ser. Pero ahora dudaba acerca de cuál era el papel del hombre, su misión, su razón de ser y de existir.
Entonces, una luz comenzó a encenderse en su cerebro, y sintió unas ganas tremendas de llover, de derramar toda su agua sobre la tierra reseca, de infundir un poco de esperanza en aquel abismo de la nada. Pero era la única nube que había osado adentrarse en aquellas latitudes y de su piel sólo brotaron algunas lágrimas, estériles gotas de agua plateadas que solamente servían para llorar la inmensa pena de su impotencia.
En su larga gira por tierras africanas pudo observar que todos aquellos seres miraban sus blancos y húmedos lomos con una ansiedad inusitada. Para ellos constituía una gran novedad, algo nunca visto, el mayor espectáculo que podía deparar la existencia. La gran mayoría sólo había oído hablar de las nubes a los más viejos de la tribu, a través de las leyendas que sus antepasados les habían transmitido verbalmente. Por lo general se trataba de historias del paraíso, un paraíso verde y húmedo por dónde corría el agua a raudales y la hierba era la alfombra de La Gran Nube.
Ahora comprendía todas las palabras que antes había despreciado. Solamente una gran masa nubosa que recorriese los puntos del planeta más necesitados de agua podría solucionar el problema. Todas sabían que bastaría con que cada una cediese una parte de sus excedentes, el cinco por ciento de su humedad, o simplemente dejase resbalar algunas lágrimas por sus mejillas, y la hierba comenzaría a brotar y se llenarían de trigo todos los rincones. Pero las nubes, como los seres humanos, también eran ciegas e ignorantes, sordas e insensibles en medio de este océano de sufrimientos, incapaces de oír la verdadera llamada de la vida.
Entonces, Venancio Cienfuegos descubrió que una corriente de aire en sentido inverso lo había llevado de nuevo al punto de partida. Allí, sobre la arena de la playa, tendido al sol, entre los bañistas, ajeno a los problemas de este mundo, divisó su cuerpo de humano tendido sobre la toalla, reseco, y decidió llover sobre sí mismo. En el cielo al igual que en la tierra también faltaba solidaridad. Y en ese momento despertó. Recobrada su latitud material, con la mente todavía embotada por el sueño, miró la esfera del reloj. Ya era la hora del baño y no sabía por qué aquella corta siesta al sol le había dejado una cierta sensación de tristeza, quizá la tristeza de quien comprende el enorme egoísmo que habita dentro de cada ser, incluído él mismo.