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20050915

El viaje

Olga Appiani de Linares ya es conocida por muchos lectores.
Nacida en Córdoba en 1949, se autodenomina "ratón de biblioteca". Escribe con consecuencia desde sus 40 años. Su mayor influencia es la escritora de ciencia ficción Angélica Gorodischer.
Olga Appiani ha publicado relatos en la antología La Otra Palabra (Ed. Biblos, 1998), y en Cuentos cotidianos... y de los otros (Ediciones del Dock, 1996), volumen al cual pertenece Viaje nocturno, un cuento de terror de factura clásica sumamente satisfactorio.


Viaje nocturno
por Olga Appiani de Linares

Afuera, la noche es un telón oscuro. Las luces del tren, que se sacude sobre las vías, la atraviesan en cuadriculadas ráfagas. Hay algo fantasmal en los reflejos que observo por la ventanilla, en las motas de luz que aparecen y desaparecen como las fugaces luciérnagas de mi niñez. Aquí adentro, una soledad que da frío.
Nadie más que yo bajo la luz enfermiza del vagón mugriento. Mis ojos toman nota del tapizado herido, de los multicolores insultos que adornan las puertas sarnosas, de la pátina grasienta sobre las ventanillas. Dicen que van a privatizar los trenes. ¿Cambiará eso esta roña, esta decadencia? No sé... ¡somos tan bestias!
Entramos en una estación. La puerta le suspira a la oscuridad, alguien sube. No lo miro, abstraído en ese otro yo que asoma, confusamente, desde la oscuridad del vidrio; sin embargo, noto que se acerca y se sienta frente a mí. Eso me molesta. ¡Hay tanto sitio! Espero que no sea una viejecita charlatana, detesto oír historias de achaques e injusticias, bastante tengo con mis propios problemas. Sin embargo, no lo creo ¿qué va a andar haciendo a estas horas la pobre vieja?
Tampoco es uno de los innumerables vendedores, o ya estaría repitiendo por enésima vez su discursito. De puro vicio en todo caso, porque soy el único candidato y no tengo intención de comprar nada. Vuelvo a decirme que a esta hora nadie va a andar ocupado en actividades comerciales, como no sea la venta de "merca" o cosas por el estilo.
Una desganada curiosidad me impulsa a abandonar la contemplación de mi imagen, hecha de oquedades y sombras. Mi mirada repta sobre el vidrio y contemplo en él a mi acompañante. Es un niño. Un niño de la calle, me digo. Si no, no andaría solo a estas horas. Para verlo mejor me suelto del reflejo. Sí, es muy joven, pero sus ojos... Sus ojos son antiguos, sin sonrisas, opacos como los vidrios del tren. No me gusta mirarlos. Bajo los míos y la piedad me invade. Tiene una mano deforme, contrahecha. Con esas uñas largas, sucias, parece casi una garra.
Mi mirada reencuentra la suya, cobre fundido. Un fulgor malicioso, inesperado, bulle en el fondo, como si mi inútil compasión lo divirtiese. Como si supiera algo que yo ignoro.
Vuelvo a mi pensamiento anterior: ¡hay tanto sitio en el vagón vacío! ¿Por qué eligió justo este asiento? ¿Por qué no me deja todo el mundo en paz? ¡Estoy harto de que las miserias ajenas me salten a la cara como si yo pudiese hacer algo! ¡No puedo! ¿Se creen que yo no tengo problemas? ¿Por qué no se van a joder a otro? ¿Para qué está el gobierno? ¡Vayan a quejarse ahí, viejo! ¿Qué tengo que ver yo?
Inquieto, dejo de mirarlo; temo, absurdamente, que escuche mis pensamientos. Contemplo mis propias manos, tan obedientes, tan domesticadas, tan simples, pero la de él se les superpone, exige, demanda, reclama mi atención. Con esfuerzo retorno a la ventanilla, tratando de permanecer atado a mi reflejo esquivo. El de él invade el espacio, anula toda competencia, borra mi rostro.
Sin casi darme cuenta caigo de nuevo -¿acaso salí alguna vez?- bajo su incómoda seducción; mis ojos encallan otra vez en esa mano-garra, garramano, garragarra. A cada instante me resulta más notable la semejanza. Hay una dureza metálica en el lustre de la piel, un no sé qué felino en la curva de las uñas puntiagudas.
El brazo escuálido se pierde dentro de la manga rotosa, constelación de agujeros. Uno, mayor que los otros, se abre cerca del puño como un cráter, una llaga, un abismo... Desde él parten líneas de puntos corridos, paralelas sin destino como las vías del tren sobre el que ambos atravesamos la oscuridad. Subo por ellas hasta -reiterado accidente- toparme con sus ojos.
¡Esos ojos arden...! Ávidos, antiguos, impíos. ¡No puedo soportar esa mirada! Tengo miedo. ¡Qué estupidez! Pero es cierto. Siento miedo, un miedo líquido, movedizo, frío, que se desdobla en mi vientre y arrastra una naúsea ácida hasta mi boca, de pronto reseca.
El tren continúa con su rítmico traqueteo, horadando la noche, tirando trozos de su carne oscura hacia los costados, sumideros de sombra implacable. Pronto entraremos a alguna estación. Me bajaré, no importa dónde. Debo llegar a mi casa, allí estaré a salvo, dejaré afuera el frío, el miedo, los problemas, me olvidaré de este desagradable viaje que no recuerdo haber emprendido. ¿Cuánto hace que estoy viajando? ¿No es extraño no haber llegado todavía? ¿O ya me habré pasado, sin darme cuenta? ¡Hay tanta bruma allá afuera! Casi no se ve nada... ¿O es que no existe nada más, fuera de este tren, del vagón, de mi acompañante? Resbalo por la pendiente de su cuerpo escaso hasta la muñeca, hasta la garra.
Crece.
Me detengo en ella, mi atención absorta en una mutación de pesadilla. Crece. ¡Se los juro, crece! (Soy una mosca en la telaraña, un pájaro sin alas).
Aprendo cada pliegue de esa monstruosidad, el simétrico orden de sus células correosas, descubro repentinos vellos antes invisibles; distingo ya, con toda claridad, finos surcos, vetas blancuzcas de moho, sobre el marfil sucio de las uñas desmesuradas. Miro el rostro de gnomo, creo que mi expresión mezcla el espanto con la súplica. No entiendo. Quisiera decirle que no sé qué estoy haciendo en este sitio, que hay alguna equivocación, preguntarle por qué me está pasando esto a mí. Sin palabras, su odio me responde: "¿y por qué no?".


El brazo patético se levanta y mi terror sube con esos dedos infinitos. Asomando tras ellos, como brasas, los ojos de fiera presiden las facciones súbitamente aguzadas. ¿Es una boca o un hocico lo que vislumbro? ¿Y el niño? Tal vez debí prestar más atención, no lo ví partir. ¿O no ha partido? ¿Cómo pueden ser la misma cosa? ¡Dios!

El tren la noche la oscuridad el mundo la vida todo se ha ido sólo quedamos nosotros yo y su hambre y la garra
la garra la garra que se eleva y silba cortando el aire la garra mientras desciende y
se hunde en mi pecho y me despedaza
y no sé si he llegado a gritar...