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20050909

2005: Odisea Rusa

Misha Molodoi es un estudiante norteamericano, que terminó en Rusia casi sin proponérselo. Dejemos que lo exprese en sus propios términos: "A causa de un repentino ataque de demencia, decidí pasar un invierno en Rusia. Así que ahora estoy atrapado en Moscú tratando de evitar a los criminales, las putas y las cantidades excesivas de vodka...".
Los invito a recorrer conmigo este divertidísimo y descostillante relato de su odisea para conseguir un celular en medio de una Moscú hostil, bastante hostil...
Los que entienden inglés pueden visitar la versión original en From Russia with Love, el weblog que Misha está construyendo.



Mi viaje al infierno electrónico ruso
por Misha Molodoi. Traducción: Marcelo Dos Santos

Como en la mayoría de las grandes ciudades, hay adminículos que son esenciales para los habitantes de Moscú. Estos incluyen pero no se limitan a: zapatos de moda, jeans que te aprietan el orto, paraguas y, por supuesto, teléfonos celulares. Los celulares son omnipresentes en Moscú; los podés comprar prácticamente en cualquier perekhod (que son los túneles para cruzar las calles), en incontables kioskos y en casi todos los negocios de la ciudad. Sabiendo que eventualmente me iba a tener que comprar uno, le pregunté a mi babushka cuál sería un buen lugar para hacerlo. No necesitó pensarlo ni tres segundos antes de decirme: "Andá a Gorbushka; ahí los tienen baratos". El nombre me gustó, porque me traía reminiscencias de un Primer Ministro Gorbachov pero chiquito. El hecho de que los dueños de Gorbushka convirtieran a una tan monolítica figura de la historia rusa en un chiste en boca de los moscovitas me tranquilizó; hay muchos lugares en Moscú que asustan a un extranjero como yo, y me imaginé que Gorbushka no sería uno de ellos...
Estaba equivocado.

Lindsey, Adam y yo salimos de la estación del subte y comenzamos a seguir a las multitudes que, en apariencia, también iban en camino de la Meca de la electrónica de Moscú. Cuanto más nos acercábamos a nuestro destino, más comenzaba yo a dudar acerca de mi concepto original de lo que sería Gorbushka (mi mente había imaginado una matreshka, esas muñequitas rusas que se meten una adentro de la otra, cada una más parecida a Gorbachov que la anterior, cada una más chiquita que la anterior, pero todas hablando animadamente por sus celulares, leyendo los emails, mirando computadoras de pantalla plana o escribiendo sus citas en las palms). Llegamos a la entrada, pasamos por el detector de metales (requisito esencial) y casi me meo encima. Gorbushka ocupaba el área de una manzana, y por lo que yo podía ver, estaba atravesada en todas direcciones por pasadizos y callejones que, todo a lo ancho, estaban ocupados por vidrieras llenas de aspiradoras, celulares, secadores de pelo, reproductores de DVD, teléfonos, reproductores MP3, cámaras e incontables tiendas de CDs y DVDs piratas, que costaban seis dólares cada uno. Y eso era sólo la planta baja. No tuve valor para animarme a subir.

Estábamos tan sobrepasados por esa visión que no sabíamos por dónde empezar. Lindsey ya se nos había ido y había vuelto con un teléfono, así que nos guió a Adam y a mí por entre semejante confusión.
Pronto descubrí un teléfono no tan caro (70 dólares), y lo bastante lindo como para satisfacer mis elevados gustos estéticos. Adam hizo lo mismo (aunque el suyo no era ni de lejos tan bonito como el mío, y además mucho más caro).
En Rusia (y me imagino que en la mayor parte del mundo fuera de EEUU), además de comprar el celular, uno tiene que comprarse también una tarjeta SIM. Es básicamente lo mismo que comprar o firmar un contrato con Sprint o Verizon, pero mucho más fácil. Ponés la SIM en el teléfono; el número del mismo viene preasignado, y todo lo que hay que hacer es ponerle plata (no hay "planes"; todo es prepago). Y acá está la trampa: para comprar una tarjeta SIM que tiene un número telefónico de Moscú, tenés que probar que vivís y estás registrado como residente de Moscú. Para probar eso, hay que tener un pasaporte que diga que tu domicilio está en Moscú; el proceso de registración del domicilio, como la mayoría de las cosas en Rusia, está embarullado por cantidades de burocracia innecesaria. Mi pasaporte estaba en algún tipo de organismo oficial desde hacía una semana, así que, en el mundo real, yo iba por todos lados con una fotocopia de mi pasaporte y mi visa además de mi spravka (básicamente un documento que asegura que en verdad yo tengo un pasaporte, sólo que las autoridades me lo quitaron por un tiempo para registrarlo).
Lindsey pudo comprar su tarjeta simplemente presentando su spravka, por lo que Adam y yo supusimos que podríamos hacer lo mismo. Fui el primero en acercarme a uno de los miles de puestos que venden tarjetas en Gorbushka y elegí con todo éxito una que se adecuara a mis propósitos. El joven tras el mostrador me pidió el pasaporte, y yo le di mis fotocopias y mi spravka, explicándole dónde estaba el original. Lisa y llanamente, se rehusó a venderme la tarjeta porque mi pasaporte no era ruso. A pesar de mi desilusión, yo sabía que en realidad no existía ninguna ley que lo prohibiera, así que busqué otro kiosko, donde también fui rechazado.
Para el tercer mostrador, yo estaba más que un poco enojado, pero me sentía lleno de coraje por mis dos primeras peleas, lo suficiente como para probar mi capacidad de discutir en ruso. En realidad me sorprendí a mí mismo por mi habilidad para pelear con la chica detrás del mostrador, pero, al final, me tuve que ir sin la tarjeta.
Luego del cuarto intento fallido, mi buen humor se había evaporado y le pedí a Adam que lo intentara por mí. Él no tenía copias de nada, y andaba por ahí con solamente su spravka y su registro de conductor (el cual, escrito en inglés, era perfectamente incomprensible para los vendedores). Desalentado, propuse volver cuando nos fueran regresados nuestros pasaportes, pero Lindsey no quería ni escuchar hablar de eso; ella se había comprado una tarjeta pocos días antes sin un problema y estaba segura de que podríamos encontrar a alguien a quien no le importaran las reglas (al fin y al cabo, ESTÁBAMOS en Rusia).
"Vamos, nene; ya vamos a encontrar a alguno al que le importe un carajo", me consoló.
Yo tendía ya a mi primer ataque de locura en Rusia, pero seguí el consejo de Lindsey y fuimos hacia la periferia del complejo, donde estaban instalados los vendedores que no habían tenido la suerte de conseguir lugar en la Ciudad Electrónica en sí, y que sin duda estarían encantados de venderle algo (cualquier cosa) a alguien, con reglas o sin ellas.
Nos metimos entre los negocios de afuera, lo que nos confundió todavía más: ¡en realidad Gorbushka medía más de un kilómetro cuadrado! No queriendo perder más tiempo del que ya habíamos perdido, decidí probar una sola vez más e intentar comprar la tarjeta en el próximo negocio que viéramos vacío y con necesidad de vender. Me dije que si este último intento no funcionaba, me iría con las manos vacías e invertiría la plata que no había podido gastar en una botella de vodka con la cual acompañar mi autoconmiseración y la de mis amigos indocumentados como yo.
Ahí había un negocio vacío: lo atendía un muchacho de mi edad que parecía aburrido del Universo. Me acerqué y comencé mi bien ensayado discurso:
"¿Venden tarjetas de teléfono?", pregunté, aún cuando había muchas en la vidriera.
"Bueno, sí. ¿De qué tipo?".
"De MTS (que es una compañía de celulares)".
"¿Cuál quiere? ¿Super Jeans o Hot Jeans?" (por algún abtruso motivo, MTS bautiza sus tarjetas con el nombre de los vaqueros norteamericanos de moda).
"¿No tiene Jeans a secas?".
"No. Sólo Super Jean y Hot Jeans".
"Bueno. Déme Hot Jeans" (yo estaba de un humor más bien sexy).
"OK. ¿Me permite su pasaporte?".
"Bueno, el asunto es que mi pasaporte estátodavía en la Registratsia, pero YO VIVO en Moscú", expliqué, y le mostré las fotocopias y la spravka, incluso mi libreta rusa de estudiante que demostraba que yo estudiaba en Moscú.
Las miró, vacilante, pero, para mi enorme alivio, no llamó a su supervisor para pedirle instrucciones. Simplemente comenzó a llenar los formularios. Debido a ciertas diferencias entre los pasaportes rusos y los norteamericanos, había un montón de información que nosotros sencillamente inventábamos (incluida mi dirección en Moscú, que todavía no me sabía de memoria). Viéndome sacar los 100 rabla que costaba la tarjeta, Adam entró al negocio detrás de mí y también pudo adquirir la suya con toda felicidad.
Yo estaba en éxtasis. El contrate entre mi vergonzante posición anterior de incomunicado, y mi nueva naturaleza de feliz poseedor de un teléfono celular completamente operativo prácticamente me hacía saltar y entrechocar los talones directamente allí, en Gorbushka. Los tres salimos tranquilamente del Infierno Electrónico y comenzamos a programar los números de nuestros amigos en compañía de algunas botellas de champagne ruso.
No había duda: era una ocasión para celebrar.