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20050908

Deán Funes y Olazábal

Osvaldo Sado tiene 72 años y es médico.
Ha publicado relatos en el prestigioso diario tucumano La Gaceta.
El cuento que ofrecemos hoy, emparentado con ciertas ficciones borgianas (derivadas, a su vez, de la Relatividad General), encaja simultáneamente en el realismo mágico latinoamericano, y, con mayor cercanía, en la literatura fantástica argentina (el mismo Borges, mucho de Bioy) y la ciencia ficción especulativa a lo Norman Spinrad o Ben Bova.
La asombrosa erudición del autor, el desarrollo de los personajes y el excelente remate hacen de este relato una pieza perdurable y digna de disfrutar.
Como comentarios finales, podemos agregar que la anécdota de Vergez, según el autor, es verdadera "en parte". El médico personal del mariscal pronazi, presidente de la Francia títere de Vichy, efectivamente trabajó en la Patagonia como otorrinolaringólogo. Operaba gratis a los necesitados y murió en los brazos del autor, "bajo el retrato de Pétain"...
Ilya Prigogine, de quien Sado cita una frase, era un ruso nacionalizado belga, ganador del Premio Nobel, que trabajaba en la Universidad de Texas. En su trabajo especuló acerca de la combinación de azar y necesidad, que hacen que las estructuras (químicas, biológicas) alcancen mayores estados de complejidad. Extrapolado a las sociedades, el trabajo de Prigogine es la base de la antropología del clásico de Toffler La Tercera Ola. Como homenaje al científico, la revista Axxón publicó otro extraordinario relato de Osvaldo: Los bucles extraños.

Deán Funes-Olazábal y la oda de Virgilio
por Osvaldo Sado


Nací en Buenos Aires y después de un breve tiempo en las montañas, viví siempre en Mar del Plata porque el mar me aterroriza.
Caminaba por Rivadavia. Iba a la ferretería de Olazábal a buscar los tornillos.
Cuando llegué a Deán Funes me tocó el hombro izquierdo y me preguntó:
-¿Cómo estás?
Sigue siendo una belleza. Su cuerpo, sus ojos y su rostro son lo más hermoso que acaricié con mi mirada en la vida.
-¡Hola! ¿Qué hacés por aquí?
-Vos sabés,- respondió -que siempre llego por Lope de Vega. Me parece la calle más linda de Buenos Aires. Vamos a comprar los caramelos Mu-mú que nos gustan.
Me lo dijo con su seriedad de siempre. Enseguida me ofreció uno. No la vi entrar al almacén de Don Gabriel en la esquina de Lope de Vega y Bacacay. Desde que la conocí ella había sido el movimiento y sus curvas helicoidales. Me acarició la cara con exquisita ternura.
-¡Tan hermoso; tan alto y fuerte; tan rubio!
Recordé que ese día iba a declararle mi amor. Pero, como siempre, no supe qué decir.
Me miró con picardía y señaló la casa de glorietas recubiertas con jazmines:
-Allí vive la francesita que te gusta tanto. Pero... se va a Francia. Qué pena para vos. ¿No es cierto?
Quise expresarle que estaba enamorado de ella y no de la francesa. Pero tampoco encontré las palabras. Enseguida agregó:
-¿Qué pensabas ayer en el puente de la Tournelle? ¡Es nuestro París! ¡Nadie nos lo podrá cambiar! Estabas tan serio... ¿Y en el quartier latino? ¡No había mujeres que te distrajeran...! En el Bois de Boulogne y en el Bois de Vincennes te portaste de manera antipática. ¡Insoportable! ¿Por qué?
Ciertamente. ¿Por qué?
Continuó sin mirarme:
-En la Torre Eiffel al anochecer, sentados en la cúspide, vimos la ciudad iluminada como un pájaro fantasma. Vos sabés que fue construida como símbolo de Paz; la que vos y yo amamos. Es una obra maestra. Pero parecías enojado. ¿Es que no me querés ni un poquito?
Si me hubiesen quedado lágrimas me hubiera puesto a llorar. ¡Si al menos pudiera haberle dicho eso! Antes de que siguiera torturándome, le pregunté qué le parecían los trajes de amianto de Matafuegos Mar del Plata. Porque en ese momento pasábamos frente al viejo negocio en Rivadavia 4045.
No me hizo caso.
Cuando llegamos al 5217 de Bacacay -que en Buenos Aires es una calle larga- y miró por la descascarada puerta reja, me pareció que dijo con un poco de asco:
-Qué lástima que tu casa se esté viniendo abajo.
En realidad lo que vi fue el edificio de nueve pisos que están construyendo ahora; creo.
-Somos muy pobres.
Se enojó.
-¿Qué tiene que ver la pobreza con la infancia y lo bello?
-Mi pequeña: Agatón, en "El Banquete" de Platón dice tiernamente: "Lo más importante es que Amor no comete injusticia contra dios ni contra hombre, ni la recibe tampoco de dios o de hombre alguno. Tampoco padece violencia, si es que padece de algo, pues la violencia no toca al Amor...".
Me sentí entusiasmado porque, me dije, esta vez sí había encontrado la forma de hacerle saber que la amaba desde siempre.
-¡Osvaldo! Otra vez volvés a Platón y a Sócrates, ese viejo barbudo que muy bien hizo en tomar cicuta. ¡No hablo de la belleza libresca! En este admirable tiempo continuo que vos y yo vivimos desde siempre y para siempre, la belleza primará.
-Es que, ¿sabés?, -quise explicarle- lo reversible se está terminando: en cambio cada vez más -la voz se me quebró- estamos descubriendo el tiempo en lo irreversible... Y allí el tiempo ya no es lo que era.
-¡Tonto! ¡Lo irreversible no existe y lo poco que hay no tiene importancia!
Escandalizada, agregó:
-¡No irás a decirme que la idea de trayectoria o la función de onda no son perfectas para describir la realidad!
La vi tan resplandeciente, tan hermosa, tan presente, -es decir: tan eterna- que pensé que en los años en que nos habíamos conocido la realidad se podía describir de una manera -la que los físicos quisieran, eludiendo los problemas que no comprendían-. Pero, ¿cómo podía explicarle ahora la entropía en el formidable segundo principio de la termodinámica y el nacimiento del tiempo; del tiempo verdadero, el que ni ella ni yo conoceríamos? El tiempo que ensancha el universo y nos lleva hasta el final. Quedé silencioso, triste. No podía lastimarla.
-Mirá:- dijo, señalando la casa de los rosales anaranjados- es la mansión de Pétain.
Siempre que llegábamos a Bacacay 5260, la llamaba la mansión de Pétain. Nunca pude hacerle comprender que era una linda casa de un pariente de Giraudoux, el abogado. Para no repetir la escena -que sabía se produciría-, pretendí mostrarle unas preciosas joyas diamantinas en la joyería de Rivadavia, ya casi llegando a Olazábal. Me miró con tal desprecio que comprendí que debía retomar el tema Pétain, aunque sabía que no se lo podría hacer comprender.
Era el desvío, la vía muerta y herrumbrada de lo que llamábamos nuestro eterno presente. Sólo que ella...
-Muchacha hermosa, nuestro querido amigo era el Dr. Vergez, médico personal del mariscal Henri Philippe Pétain, y lo conocimos en Olarión...
-Sí; cuando estábamos sobre el Arco de Triunfo, en París, contemplando los Campos Elíseos y vino aquel hermosísimo abejaruco, engullendo glotonamente abejas y avispas. Tenía un pico largo y delgado, y sus alas lo hacían parecer una golondrina. Nosotros lo convertimos en una golondrina de plumaje brillante. Y la hicimos volar. Atravesamos con ella el Atlántico y la Patagonia y nos detuvimos sobre la torre de la iglesia de Olarión. Aquel encantador viejito estaba en el patio detrás de la iglesia, tratando de operarle las amígdalas a un indiecito quegritaba alocado y se retorcía con fiereza...
-Sí y vos le tomaste suavemente la cabeza y el muchachito quedó hipnotizado. Vergez le sacó los cuajarones y las glándulas y te dijo alegremente: "Mercí, mademoiselle!"
-Era tan bueno Vergez...
-¡Por Dios! ¡Era un nazi como Pétain!
-¡Osvaldo! No seas tonto, los hombres buenos son buenos y nada más. ¿Qué tiene que ver la política con los sentimientos? Y él operó a todos los indiecitos pobres de El Maitén, de Olarión y de...
Aquí siempre olvidaba la historia. Nunca comprendí el motivo. Tampoco esa confusión villana de bondad aceptable mezclada con ideología asesina: no se puede olvidar que Walter Gieseking tocaba en Munich a Debussy mientras afuera se oían los gritos de los judíos que llevaban muertos de sed y de hambre a Dachau.
Pero era cierto hacía años que el viejo médico operaba gratis a los indios muy pobres de las zonas aledañas a Olarión.
Tiempo después, cuando Vergez estaba muriendo -y nosotros lo habíamos mimado unos cuantos meses hasta que la enfermedad triunfó- yo estaba a su lado. Detrás de su lecho había un enorme retrato del mariscal, que ocupaba toda la pared. Lo miró con una gran tristeza y me preguntó angustiado:
-Doctor... ¿Tiene algo que decir en contra del Mariscal?
-No. Nada.- ¿Qué importaban ya las brigadas SS francesas?
Vergez me miró tratando de descubrir si le decía la verdad.
-Siempre fue un gran hombre incomprendido.
Y murió. Ella acarició el rostro muerto y acomodó los cabellos.
Desapareció.
Tampoco ahora había podido explicarle nada. Creo que ni ella ni yo comprenderemos nunca el significado de aquel tranquilo tiempo patagónico, con cascadas silenciosas entre las plantas de rosa mosqueta y las grutas misteriosas del Piltriquitrón que tenían el perfume de la soledad de la meditación.
No prestó atención a lo que le decía: en su presente, -que nunca desaparecerá- me tomó del brazo y empujándome hacia la próxima enana blanca dijo:-Vamos a Elsass-Lothringen.- me habría gustado que la llamara Alsacia-Lorena -Bañémonos en el Rin y luego en el Mosela, y escalemos los montes Vosgos: ¡son tan hermosos! Y en Lorena, en Mulhouse y Metz buscaremos los castillos y correremos entre las armaduras. ¡Nos divertimos tanto la última vez que lo hicimos! ¿Te acordás?
¡Cómo olvidarlo!Habíamos llegado a Bacacay y Virgilio.
Ya no estaba a mi lado.
Sí. Cuando llegábamos allí desaparecía por la calle Virgilio como una oda sin final. La escuché -aunque no la veía-; recitaba como siempre aquel pasaje de la Eneida.

"Enmudecieron todos, conteniendo
el habla, ansiosos de escuchar. Eneas
empieza entonces desde su alto estrado:
Espantable dolor es el que mandas,
oh reina, renovar con esta historia
del ocaso de Ilión, de cómo el reino,
que es imposible recordar sin llanto,
el Griego derribó: ruina misérrima
que vi y en que arrostré parte tan grande.
¿Quién, Mirmidón o Dólope o soldado
del implacable Ulises, referirla
pudiera sin llorar? Y ya en la altura
la húmeda noche avanza, y las estrellas..."

Su hermosa voz se perdió en la niebla de la mañana marplatense.
Crucé hacia la ferretería de Olazábal y Rivadavia:
-¿Qué tal, don Osvaldo? ¿Otra vez necesita los tornillos para el andador de su nieto Matías?
-Sí. El mocoso lo rompió a patadas, nuevamente.
Cuando salí las dos calles estaban ahí: Virgilio y Olazábal. Parecían paralelas. No lo eran. Se interponía la geometría de Riemann.
Vacilé: "La insensibilidad que permiten las reacciones no lineales, los efectos de historicidad introducidos por el fenómeno de bifurcaciones en cascada...". El tiempo de la aceleración que ha muerto... El tiempo que nace en el caos y llega al equilibrio...
Por supuesto, comencé a caminar por Olazábal.