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20050902

El espejo

Gerardo H. Ponza nació en Río IV, Provincia de Córdoba, y es ingeniero electrónico. Escribe desde pequeño, y ha elaborado ya unos 70 relatos breves. También incursiona en la poesía y compone canciones.
Tiene terminado un libro inédito, Mi otra mitad, y está escribiendo una novela, Círculos Asimétricos, que relata sus vivencias en un viaje como mochilero a través de Latinoamérica.
Con El Espejo lo presentamos a nuestros lectores.


El Espejo

Todo comenzó hace dos meses. Hice un movimiento mecánico, inconsciente y, sin querer, de reojo, percibí que mi imagen en el espejo del baño no había realizado el mismo movimiento. Tal vez abrió el brazo más que yo o tardó una décima de segundo más; no lo sé, lo cierto es que fue distinto al que había hecho yo. Me volví rápidamente hacia el espejo y comencé a hacer mil morisquetas y movimientos que fueron devueltos con simétrica precisión. Me quedé varios minutos pensando: estaba casi seguro de que mi reflejo se había movido en forma diferente.
Estuve varios días con esa idea en la cabeza. Hice las más variadas experiencias para tratar de comprobar lo que había visto: llegaba hasta el espejo con la luz apagada y la encendía de golpe para sorprender a mi otro yo con una expresión diferente a la mía; descolgaba el espejo del comedor y entraba al baño escondido tras él; ponía el despertador a las tres de la mañana e iba arrastrándome hasta el baño para aparecer de repente frente al botiquín. Pero no descubrí nada digno de mención.
Supuse que, tal vez, había un mundo simétrico, paralelo al nuestro, que nos interpenetra y nosotros a él, pero con el cual no tenemos puntos de contacto, solo a través de los espejos por donde podríamos atisbar en su mundo y ellos en el nuestro. Por eso decidí repetir las mismas experiencias, pero, esta vez, cubriendo todos los espejos de la casa, de modo de no anticipar los movimientos que iba a realizar. Esta vez tampoco obtuve ningún resultado.
Mi esposa comenzó a preocuparse por mi obsesión cuando desarmé el espejo del dormitorio. Sólo encontré un vidrio, una pintura plateada, papel, pintura negra y nada más. Otra vez le saqué el espejito de su cartera y a martillazos hice puré de vidrios, pero tampoco descubrí nada.
Ya estaba convencido de que solamente había sido mi imaginación, cuando encontré‚ por casualidad, la prueba de que las imágenes del espejo no eran totalmente simétricas: Detrás del inodoro había un azulejo que tenía una pequeña raya, una rajadura de la cerámica, que solo era posible ver desde el espejo, subiéndose al borde de la bañadera, en un ángulo muy oblicuo con respecto a la pared del botiquín. Subido a la bañadera, descubrí, con una sonrisa de satisfacción, que el azulejo escondido tras el inodoro del espejo no tenía la rajadura. Miré‚ a mi otro yo con una sonrisa de triunfo y me pareció que él, a través del espejo, me devolvía una sonrisa forzada.
Hice otras pruebas para corroborar mi hipótesis. Una tarde con mi esposa, comenzamos a besarnos con pasión frente al espejo y, de reojo, pude percibir que, aunque los movimientos eran iguales, me parecía que no manifestaban el mismo sentimiento, la misma pasión, que no éramos nosotros. Esa misma noche realicé otra que, para mí, fue la definitiva: Concentrándome puedo estar varios minutos sin pestañear, así que me paré a quince centímetros del espejo y comencé a observar a mi otro yo a los ojos obligándolo a no pestañear. Estuvimos como dos minutos mirándonos fijamente; de repente, el párpado de su ojo izquierdo comenzó con un suave temblequeo, característico de los músculos cansados, y, en una fracción de segundo, parpadeó.
Cuando sucedió, me asusté mucho, ¿Quién era este tipo? Indudablemente, no era yo. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo iba a demostrar lo que había descubierto?. Ahora sí estaba seguro de que a través de los espejos no nos vemos a nosotros mismos, sino otro mundo, un mundo paralelo. ¿Podría repetir ante los científicos la experiencia de mirarme durante dos minutos en un espejo? ¿Y si mi otro yo no pestañeaba y terminaba en un manicomio?
Mi cabeza daba vueltas y vueltas y no me podía dormir ni pensar en otra cosa. Cada vez que pasaba delante de un espejo me detenía a mirar todos los detalles, como en el juego de buscar las diferencias. Ahora sí que estaba definitivamente loco.
Hace dos semanas sucedió lo inesperado. Mi hijo más pequeño le pegó con el secador al espejo del baño y del borde saltó una lonja de vidrio, finita como un papel, de diez centímetros de largo. Apoyé la mano en ese borde y sentí una sensación de vacío. Mirando no se veía nada, sin embargo, la mano entraba por el costado. Metí todo el brazo y, con sorpresa, vi que apareció en el baño al otro lado del espejo; y, aunque mi otro yo estaba en la misma posición, su mano no aparecía de este lado.
Metí la cabeza, luego medio cuerpo y terminé subiéndome a la pileta y zambulléndome dentro del espejo. En ese mismo momento, mi otro yo apareció en mi baño, ocupando mi lugar, pero, esta vez, no repitió mis movimientos. Por el espejo vi que fue hasta el placard, abrió la caja de herramientas y volvió con el martillo. Me sonrió, me miró con ojos desorbitados, como un loco, y de un martillazo hizo añicos el espejo que, de mi lado, se oscureció totalmente. Me quedé estupefacto, eso no podía estar pasando, comencé a buscar por los bordes del espejo, pero no había ninguna salida. Los dobles de mi esposa y de mis hijos vinieron corriendo hasta el baño, quizás repitiendo la conducta de sus originales, y se quedaron sin emitir sonido mirando el rectángulo negro que antes era el espejo del botiquín. Les hablé pero no me escuchaban y, así como vinieron, volvieron a irse en silencio.
En ese momento, me di cuenta de que todo era un decorado, el baño era idéntico, pero la pared donde se apoya el botiquín y que no se ve desde el espejo, no tenía azulejos; el botiquín no se abría, las puertas eran de cartón. Salí por el pasillo hacia el comedor y las habitaciones no estaban y del comedor lo único que existía era la parte que se veía desde el espejo del baño; todo lo demás era una habitación oscura, llena de tierra, pedazos de soga, maderas, bolsas de arpillera. Sentados en un banquito muy bajito estaban, uno junto al otro, los dobles de mi esposa y mis hijos. No escuchaban ni hablaban. Había un silencio estremecedor y más allá de los decorados, una oscuridad insondable.
Comencé a revolver entre los escombros y las porquerías amontonadas detrás de la pared de utilería. Había ropas y máscaras ajadas de todos los que habían pasado por mi baño, libros, diarios viejos escritos con las letras invertidas pero que, en su interior, estaban en blanco. Utilería, cartón pintado, nada era real. ¿Cómo fue que no descubrí antes todo este fraude? ¿Qué sentido tenía?
Empecé a gritar y a romper todo, llorando. Mi esposa y mis hijos ni se enteraban de lo que estaba pasando y seguían inmóviles en el banquito.
Esta es mi historia y aquí estoy ahora encerrado en este mundo vacío. Ya habrán colocado otro espejo y otro mundo de utilería reflejará a mi otro yo peinándose o afeitándose.
Todo esto, estas sutiles diferencia dejadas ver como al pasar ¿no habrán estado premeditadamente urdidas por mi otro yo? ¿Habrá sido un plan fríamente calculado, a través de los años, imitando mis movimientos, mis tics, mis gustos? ¿Mi esposa y mis hijos serán felices con él? ¿Reconocerá a mis padres y a mis amigos? ¿Podrá hacer mi trabajo?
Hace dos semanas que estoy aquí. Mi esposa y mis hijos ya se han convertido en máscaras ajadas y los he amontonado junto con las otras. He intentado caminar más allá de los decorados, pero a los pocos metros la luz se extingue, y la oscuridad y el silencio son insoportables.. No tengo comida, el agua de utilería que salía por la canilla ya se acabó y hasta creo que me está faltando el aire.
Solo quiero dejar como advertencia y como consejo, por si alguna vez alguien lee estas líneas, que tengan cuidado con los espejos: personajes, ávidos de vivir, quieren ocupar vuestros lugares.