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20050823

Un soneto de José Eduardo Seri

Recortar poesías de los diarios: hermosa ocupación si es que las hay. Recortarlas, guardarlas, atesorarlas como joyas, para que pervivieran en el tiempo, para que fueran documentos ineludibles de una época, de un tiempo ido, de las voces de poetas que no están, que no se escuchan, que hoy no podemos penetrar.
El padre de nuestro amigo recortaba las poesías que le llegaban al alma, tal vez para releerlas siempre que le hicieran falta, acaso para que los hijos conservaran el tesoro para cuando él ya no estuviera.
Y así fue, y así pasó. El padre de Ricardo González Lago guardaba las poesías que eran importantes para él, y su hijo las conserva y, cuando le hacen falta, las lee.
Ricardo, claro, pensó que podría comenzar a dar a conocer esos hermosos poemas que su padre le legó. Esa generosidad encontró su cauce en este weblog.
José Eduardo Seri publicó en el diario La Prensa, en 1957, la poesía que ofrecemos hoy a nuestros lectores. Escribía en la ciudad de Paraná, Provincia de Entre Ríos. Su nombre ha sido olvidado, pero sin embargo, escribió. Escribió, entre otras cosas, este soneto. Gracias a Ricardo y a su padre, usted puede leerlo hoy, casi cinco décadas después.


La Mano

Veo aún con patético sentido
la mano aquella que en el piano oscuro
dejó con el temblor de su latido
la mucha pena del adiós seguro.

Fue un instante estelar, sólo advertido
cuando la mano dibujó en el muro
la sombra que no ha muerto en el olvido
y es mi elemento emocional más puro.

Y así cayó la mano temblorosa
sobre el teclado de marfil del piano
que tuvo, a más de música, una rosa.

Silencio, luego. ¡Y el pesar sincero
de aquella mano que fundó en mi mano
la soledad de un corazón entero!