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20050808

Los mejores poemas de Almafuerte (primera parte)

¡Pobre Juan!

Te argüirán, entre muecas desdeñosas,
los nenitos de Juan el carpintero:
"que sería más útil un obrero
si ambas manos tuviese habilidosas".

Y después de soltar tan graves cosas
como quien echa migas a un jilguero,
te dirán: "que rosal y duraznero
son rosáceos los dos, porque dan rosas".


Pero ven cuatro plantas florecidas
esos grandes filósofos enanos...
¡y van y las destrozan inhumanos
cual rapaces querubes homicidas!


Niños: en cada flor hay muchas vidas,
y las manos que matan no son manos.




?

I
Densa nube de incienso que borra
del altar las imágenes santas,
en volutas fugaces asciende,
se esparce en el aire y se hunde en la nada:
¿Dónde vas, blanca nube de incienso?
¿Qué regiones del cielo traspasas,
conduciendo en tu ser vaporoso
temblor de suspiros, fervor de plegarias?


II
Casto velo de novia que rueda
en raudales copiosos de gasa,
sobre curvas de carne marmórea
¡capaz del martirio, capaz de la falta!
Blanca gruta de tules, ¿qué enigma
de ventura o desdichas encarna
esa estatua de mármol viviente
que tiembla, que gime, que sueña, que abrasa?


III
Tierno beso de niña engendrado
sobre dedos de puntas rosadas,
que te lanzas al aire -¡paloma
que busca en la selva su nido de ramas!-
¿Dónde vas, dónde vas, peregrino
de no sé qué amorosa cruzada?
¿Qué pretendes, pasión sin objeto,
flechazo sin rumbo, caricia con alas?


IV
Sacudida nerviosa que anuncia
con profético acierto que espanta, -
del Dolor pitonisa invisible-,
peligro que viene, traición que amenaza,
conmoción instantánea que avisas
del espacio a través la desgracia:
¿Qué potencia inicial te produce?
¿Qué mano sin brazo? ¿Qué voz sin palabra?

V
Torva idea que surge de pronto
del cerebro en las frágiles mallas,
y lo colma, y lo absorbe, y lo atrofia,
cual huésped perverso que incendia la casa:
centinela perenne ¿qué quieres?
La razón de tu ser, ¿de quién sacas?
¿Si tú misma cegaste la fuente
que torvas ideas, o límpidas, mana?

VI
Inocente recuerdo de niño
que tenaz en la mente se clava
resistiendo las iras del tiempo
¡cuando otras memorias tan trágicas pasan!
Remembranza pueril, ¿cómo vives
entre aquellas que alegran o espantan?
Pincelazo de luz del pasado,
¿qué mano divina te impuso en las almas?

VII
Atavismo de raza que llegas,
en las horas de honor de la raza,
a poner la vergüenza en las frentes,
¡hedor del establo que invade la sala!
¿Por qué surges, crueldad del pasado,
cuando todo es estética y gracia?
¡Viejo rostro de mono, riendo
detrás de la noble cabeza de Palas!

VIII
Vocación repentina que tuerce
de una vida completa la marcha,
que retoca las almas, a guisa
de autor indeciso que borra sus dramas...
¡Florescencia invernal de la mente!
¡Ansiedades seniles de fama!
¿Quién os puso en mi pecho, lo mismo
que en páramo yerto semilla de palmas?

IX
Intuición del progreso, que yace
cual simiente de fuego en las almas;
atracción imperiosa; querube
que muestra en la sombra laureles de plata;
acicate de acero que azuza
la carrera de luz de la fauna
y coloca los seres de modo
que el sol de la vida les tiñe las caras;

X
comezón de vivir, de ser siempre,
¡de escalar de una vez la montaña!
¿Quién os puso en la sangre? ¿Qué objeto
tendrán los deseos, tendrá la esperanza?
Cuando vivan la vida sin muerte,
perfectas y eternas y libres las razas,
¿volverán otra vez a la sombra
como antes malditas, como antes esclavas?
Salto Argentino, 1893



¿Flores a mí?

I
Ayer me diste una flor...
Una flor a mí, señora,
que no consagré una hora
al más poderoso amor.
¡Flores a mí!... ¡Si es mejor
sobre un páramo arrojarlas!
O tú no sabes amarlas
o al sentir mi pecho yerto
sobre la tumba de un muerto
has querido abandonarlas.


II
¡Flores a mí!... Tú no sabes
de esos parajes que aterran,
donde las flores se cierran,
donde no cantan las aves.
Las más orgullosas naves
temen del mar los furores;
los tigres devoradores
huyen del simún airado...
¡y tú en mi pecho has dejado
tan sin recelo tus flores!


III
Flores a mí... puede ser
que desalmada y celosa,
buscaras la más hermosa
con tu instinto de mujer;
y haciéndole comprender
yo no sé qué gentileza,
con refinada fiereza,
con el más profundo encono
la bajaste de su trono
por castigar su belleza.


IV
No lo sé, linda mujer,
ni quiero saberlo todo;
me contento con mi modo
de saber y no saber;
pero si quieres tener
la realidad en tu mano,
te diré, sin ser un vano,
que si te movió el amor...
¡la flor ha sido una flor
que fue destrozada en vano!




Jesús
Para Eduardo Sáenz

I
Como brota del charco sombrío
y a conjuros de luz meridiana,
yo no sé por qué afán de lo triste,
gracioso nenúfar de flores de nácar;
la presión secular exprimiendo
de la fétida chusma, la entraña,
conjuró de aquel barro de sangre,
la noble azucena doliente de su alma.

II
Gota pura del bien absoluto,
de la estirpe mortal, destilada:
prodigioso perfil de la errante
visión de justicia que sueña la raza:
profundísimo beso errabundo
que al rozar tus dolores, estalla;
perdurable tristeza divina
cubriendo las viles tristezas humanas.

III
Celestial mensajero que siente,
mientras cruza los orbes y baja,
la precisa intuición espantable
del hondo vacío voraz que lo traga:
femenina zozobra que al mundo
como palio de lágrimas, guarda;
gemebunda torcaz valerosa
que al prófugo crimen le tiende sus alas.

IV
Corazón matinal, todo blanco,
cuyo fuego de hoguera ofrendaria,
con efluvios de mirra, perfuma,
de Job, la rabiosa, la trágica sarna:
Corazón cuyo amor intangible
sin buscar otro amor, se dilata,
como estuvo en el Caos el Eterno,
sin peso ni forma, ni rumbos, ni vallas.

V
Cual se tuercen y escurren flexibles,
sin lograr abatir la muralla,
ya tenaces, ya febles, ya locos,
bramando y silbando, los vientos que pasan,
la invasora legión de cariños
que a la vida real nos amarra,
no logró reducirle, siquiera,
¡ni al sacro, materno dogal de la Patria!

VI
Nebulosa de amor: de amor mismo;
sin la paz del hogar, que coarta,
ni la fiel amistad, que suprime,
¡ni aquel inefable deleite, que sacia!
-No asirás, hombre, fórmula y ergo,
su inasible figura esfumada:
¡como polvo de aurora, difuso,
difuso en la vida su espíritu vaga!

VII
Proyectó sugestiones de nimbo,
su perpetua niñez inspirada;
rechazó lo carnal de sus carnes,
cual cisne jocundo que hiende las aguas;
no sufrió lobregueces de ocaso,
su fulgor de lucero del alba:
¡blanco César triunfal de lo puro!
¡Querube incorpóreo que preña las almas!

VIII
Como diestros, por sí se detienen
los caudales del mar, en la playa;
cual germina y retoña y produce,
silvestre, salvaje, libérrima planta:
ni el saber, ni el sofisma turbaron
su sagaz, pensativa ignorancia:
floración cerebral; tierra virgen:
flamígero foco del Verbo que irradia.

IX
Como Aquél predilecto que siente
por geniales virtudes innatas,
la explosión de las notas que surgen,
y ondean, y ríen, cual ninfas hermanas:
pudo Aquél predilecto admirable,
como disco luciente de plata,
reflejar, en la noche futura,
la eterna, ¡la sola Verdad soberana!

X
Formidable saber que redujo,
como a loca jauría, en su alma,
cual recoges el cielo en tus ojos,
y el mar, y la selva, y el río, y la pampa;
formidable labor que sanciona,
que tu bien y tu mal son palabras:
resonantes palabras vacías;
¡cilicio de púas internas que arrastras!



XI
Porque luz, y color, y sonido
sólo son cerebrales fantasmas,
mientras vibran espacios y soles
sumidos en mudas tinieblas heladas.
Y así toda tu ciencia y la mía...
nada más que impresión comparada,
nada más que ilusiones eternas
que aloja en nosotros el Caos que no acaba.

XII
Pues si aquel escozor de la herida
que produjo en tu carne la daga,
ni la sufre tu músculo roto,
ni aquel cincelado prodigio que mata:
la estupenda, la simple, la hermosa,
la cabal creación que proclamas,
con la misma inconsciencia que vives,
debajo del cráneo, vil necio, la fraguas.

XIII
¡Allí está el Universo! ¡Allí mismo
puso Dios su taller y su patria!
¡Desde aquella ruin madriguera,
colora el vacío y esculpe la nada!
¡Y esos lampos de luz que fulguras,
su divino cincel los arranca;
y esos torpes impulsos que sigues,
no son más que alientos de Dios que trabaja!

XIV
Puesto que, si el bacterio más breve,
breves horas, apenas, pensara,
llenaría, cual tú, su conciencia
de leyes, y dudas, y luces, y manchas.
Porque cada cerebro es el nudo
de la misma labor que le arrancan,
¡como el triste gusano cautivo
del frágil capullo de seda que labra!

XV
Puesto que, de infinito a infinito,
lo que es, -no su aspecto: su masa-,
te conquista, te absorbe, te agota,
cual Eva incansable que nunca se sacia;
¡mientra tú, viejo Adán de la vida,
poseído en la sombra le amas,
con la inerte caricia profunda
del joven dormido que violan las hadas!

XVI
Y esto dijo Jesús, en tu abono,
cuando puso, en la jerga que hablas,
su perdón ilegal, que ha vencido,
¡y es ésa, que gozas, legal tolerancia!
Tolerancia que va, paulatina,
como crece la fruta en la rama,
laborando, en tu ley, el derecho
¡de abrir su repliegue más hondo las almas!

XVII
Y esto quiso Jesús, en tu abono,
cuando echó, por tu bien, a su espalda,
no la cruz de tus culpas, que dicen:
¡la cruz de la imbécil sapiencia pasada!
Y esto quiso Jesús, en tu abono,
fugitiva miseria de paja,
¡diminuto vibrión que conduces
del plan del Eterno los hilos de llamas!

XVIII
Ni redujo su amor a linderos,
pues no fue su egoísmo el que amaba;
ni alcanzó la virtud, con ser ella,
de aquél soberano la mínima gracia;
ni logró la mujer ablandarle,
nada más que cubierta de faltas;
¡y a sus pies, en la cruz, retorcióse,
de celos del crimen, su madre sagrada!

XIX
Convirtió su fracaso en victoria;
y en reflejos de solio, su infamia;
y la cruz de su muerte, en el signo
que besan y besan las hordas que pasan;
se abrazó de lo vil, con sus brazos;
se sentó junto a Dios, que callaba;
y abrazados así, te sonríen,
cual dos refulgentes deidades humanas.

XX
Circuló su criterio de madre,
por el haz de la recua postrada,
como ruedan, filtrando la nube,
jirones de luna por sobre la piara;
y un gemir de titanes vencidos,
y un hervor de sudores y llagas,
y un bramar de reptiles rebeldes,
subieron cual roja, fugaz llamarada.

XXI
Y lo mismo que al paso de Febo,
por el aire sutil, se dilatan
resplandores difusos, que corren
por valles, y cumbres, y fuentes, y chacras;
la primera, la sola caricia,
de su pecho fluyó sobrehumana,
como el mar, como el sol, como el éter,
cual todos los besos de amor que sonaran.

XXII
¡Sí! ¡La fiera de ayer languidece!
¡Sólo es puro el amor que no ama!
No son más que resortes que crujen,
los padres, los hijos, la aldea y la raza.
Como ya construídos los arcos,
las inútiles cimbras arrancas,
¡sobrará mucho barro de bestia
la vez que despliegues del todo tu talla!

XXIII
Se vislumbra, en la historia, su mole,
como azul eminencia lejana,
cuyos flancos enormes conquistan
los pueblos que crecen, a luengas jornadas:
migración a la cumbre del Cosmos,
cuyas níveas regiones más altas,
cruzarás, si no abdicas, tan puro,
cual cándida tropa de lirios con alas.

XXIV
Como el tierno capullo de loto,
con su lívida frente de nácar,
sobre charcos malditos, preside
la prófuga serie de soles que bajan;
su perfil soñador de azucena,
rematando la cúpula humana,
¡como luz hecha flor, simboliza
la fúlgida serie de soles que avanzan!




Adiós a la maestra

Obrera sublime,
bendita señora:
la tarde ha llegado
también para vos.
La tarde, que dice:
¡descanso...! La hora
de dar a los niños
el último adiós.


Mas no desespere
la santa maestra;
no todo en el mundo
del todo se va;
usted será siempre
la brújula nuestra,
¡la sola querida
segunda mamá!

Pasando los meses,
pasando los años,
seremos adultos,
geniales, tal vez...
¡Mas nunca los hechos
más grandes o extraños
desfloran del todo
la eterna niñez!

En medio a los rostros
que amante conserva
la noble, la pura
memoria filial,
cual una solemne
visión de Minerva,
su imagen, señora,
tendrá su sitial.

Y allí donde quiera
la ley del ambiente
nimbar nuestra vida,
clavar nuestra cruz,
la escuela ha de alzarse
fantásticamente
cual una suntuosa
gran torre de luz.

¡No gima, no llore
la santa maestra:
no todo en el mundo
del todo se va!
¡Usted será siempre
la brújula nuestra,
la sola querida
segunda mamá!



Vencidos

Cayó en la tumba como caen los astros.
G. Méndez


Como van al ajenjo los beodos
protestando su horror a los licores,
y al salón de jugar los jugadores,
componiendo a su vicio mil apodos;


como van susurrando en graves modos,
las doradas abejas a las flores,
y al festín imperial de los errores
declamando pureza, vamos todos:

así van los sublimes, los sagrados,
los heroicos, los grandes, los temidos,
con no sé qué furor de sus sentidos,
por repechos olímpicos lanzados...

con rumbos a la gloria... ¡y derrotados!
vencidos, a la luz... ¡pero vencidos!