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20050321

La Niña Santa y el theremin

El sábado cometí el error de alquilar (sí, a veces alquilo) el DVD de "La Niña Santa", de Lucrecia Martel, una película argentina producida por Lita Stantic e -increíblemente- por El Deseo, la empresa de Pedro Almodóvar.
Atraído por la reputación del filme -que aparentemente ganó algo en Cannes- y por el nivel del elenco (Carlos Belloso, Mercedes Morán y Alejandro Urdapilleta), tuve que tolerar los 106 soporíferos minutos de una película que pintaba para ser una nueva "Lolita" y terminó siendo un desordenado, caótico y falto de ideas fiasco.
Claro, en "Lolita" estaban Nabokov y Kubrick, y aquí es menester padecer a Lucrecia Martel...
Los puntos fuertes del film son, por supuesto, las actuaciones. La catástrofe es que carece totalmente de guión, no existe progresión dramática y la puesta en escena directamente no existe. La película está dirigida de cualquier manera, "a la que te criaste", en un evidente intento de la realizadora por demostrar un virtuosismo visual del que carece y que hubiese ganado en sencillez y honestidad si se hubiese dedicado a contar una historia. Pero no hay historia, ya lo dije.
Punto aparte para las actuaciones de sus dos protagonistas secundarias femeninas (que no voy a descubrir nada si digo aquí que Morán es una grandiosa actriz). María Alche hace de la niña, con una equilibrada mezcla de piedad religiosa y perversidad (imperdibles las dos breves tomas en que Belloso abusa de ella con su consentimiento). Mía Maestro, la catequista Inés, se encuentra actualmente en la lista de las 100 mujeres más sensuales del mundo, y les aseguro que se lo merece. Una belleza para soñar. Las fotos de Mía aquí.
Lo más interesante de la película es, en definitiva, el excelente ejecutante de theremin que aparece en tres breves tomas. El theremin es el único instrumento musical que se toca sin "tocarlo" (simplemente moviendo las manos a su alrededor) y también el primer instrumento electrónico que se inventó. Es realmente fabuloso. Escribí sobre el theremin aquí.
Para redondear: grandes actores desperdiciados, un filme sin guión, una directora torpe y pretenciosa, dos grandes bellezas para alegrar el ojo y el alma, y un thereminista virtuoso: todos juntos en un largo y aburrido desperdicio de celuloide vencido.
Menos mal que junto con ella me alquilé "The wild bunch", de Sam Peckinpah. Una sobredosis de gran western pudo, por suerte, reparar el daño producido en mi ADN por el bodrio de la señora Martel.
Como dijo Bishop en la película de Sam: "If they move, kill´em". Que tuve ganas, las tuve...