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20051108

Den´ Pobedy (Día de la Victoria)

Nuestro amigo americano, Misha Molodoi, sigue relatando sus penurias en su extraordinario weblog. Parece que los hijos de la Gran Madre Rusia tienen problemas (o desean creárselos a los extranjeros) con la tecnología. Como recordarán si leyeron el post anterior, el bueno de Misha tuvo que recorrer un kafkiano y burocrático laberinto para conseguir un teléfono celular en Moscú, algo tan simple que en la Argentina se logra con sólo sacar el dinero del bolsillo. No quedó allí la cosa: después descubrió que... ¡el cargador no andaba!

Ahora, luego de tantas vueltas y por primera vez en castellano, ha llegado el Día de la Victoria... ¡La venganza de Misha Molodoi!
NOTA: Con respecto al comentario del penúltimo párrafo, corresponde aclarar que el verdadero nombre de Misha es Mike.
Traducción: Marcelo Dos Santos


Den´ Pobedy (Día de la Victoria)
O cómo dejé de preocuparme y aprendí a amar las prácticas comerciales rusas
por Misha Molodoi


Este post es la continuación de mis aventuras en el Infierno Electrónico Ruso. Había disfrutado de mis primeras dos semanas y media en Moscú; cada día, la ciudad ofrece nuevas e interesantes atracciones para el turista. A pesar de ello, todavía no disfrutaba por completo, porque, en alguna parte de mi cerebro, no podía dejar de pensar en mi aventura en Gorbushka y en cómo había sido engañado como un turista desorientado. Al principio, confié en que el problema fuese solamente un cargador defectuoso o una batería fallada, pero después de comprar uno nuevo de cada uno (que me costaron 900 rublos), quedó claro que yo había comprado un teléfono que no andaba.
Consulté a la persona que me alberga, Tatiana Nikolaevna, acerca de mis problemas con los celulares. Ella me aconsejó devolver simplemente el teléfono, para que me devolvieran el dinero. Yo le contesté que en aquel pequeño stand de electrónica, no mayor de 1,5 metros cuadrados, definitivamente me iban a decir mentiroso y se rehusarían a darme la plata.
-Pero por supuesto que tenés la factura y la caja original, ¿no? -preguntó, pragmática.
Buuueeeeenooooo... En una palabra, es lo que pensé : -Nyet. No me dieron nada. Agarraron mi plata y me dieron el teléfono-. Reconocí la expresión de su cara al escuchar esta noticia; era la misma que yo había visto cientos de veces a lo largo de mi vida. La que parece decir: "¡Tenés que estar jodiendo! ¿Qué te pasa, caído del catre?".
-Nu, Mish, chevozh ty? ¿Sos loco? ¡Nunca salgas de un negocio sin la factura o el recibo, especialmente por algo como un celular!
Yo la había escuchado usar ese tono de voz sólo en dos circunstancias: cuando retaba a Manon (la perra) o cuando hablaba de Gorbachov (¡Ese ladrón!). -Bueno- dijo, un poco más tranquila -Podés usar mi celular hasta que decidas lo que vas a hacer; igual, no lo uso nunca. Cierto que no es de los más nuevos. En realidad, me lo encontré debajo de la cama; no estoy segura de dónde salió pero anda muy bien.
Eso me conmovió: ¡era la primera vez que alguien me regalaba un celular por compasión!
Siguió diciendo: -Por lo del tuyo, a lo mejor podés vendérselo a alguien.

"¿Venderlo, eh?". Yo ya lo había estado pensando. El problema era que no tenía ni la menor idea de cómo vender un teléfono que ni siquiera encendía, pero la forma en que Tatiana Nikolaevna me había retado me infundía coraje. Vendería ese teléfono, aunque más no fuera para que ella no pensara que yo era un completo idiota.
Le conté a Lindsey mis planes de volver al Infierno Electrónico y vender el celular.
-Hmmmm... No sé, viejo... No creo que sea posible engañar a un ruso, son bastante vivos...- fue la respuesta de ella. Pero yo percibí que había omitido el verdadero final de la frase: "Son más vivos que vos". Eso fue lo que me decidió, en verdad; ahora, tenía que embarcarme en una cruzada para recuperar mi honor a los ojos de mi familiares y amigos.
Una sola noche me dio el tiempo necesario para pensar acerca de mi estrategia. También miré "Los once amigos de Ocean" (título ruso de Ocean´s Eleven), que me puso de un humor maquiavélico, ideal para cometer mi gran estafa.
Me imaginé que si yo era capaz de conseguir que el teléfono funcionara al menos por un par de horas, probablemente podría vendérselo a alguien. Pero el único problema del teléfono era levantar el tubo: era un teléfono incargable. A pesar de ello, cuando le había cambiado la batería, había tenido la gentileza de funcionar durante algunas horas, y yo estaba seguro de tener la factura de la batería. A lo mejor, si yo podía que los simpáticos muchachos de la tienda de electrónica de al lado (llamada "Ion") me cambiasen de nuevo el pack de baterías, podría conseguir que la porquería anduviera el tiempo suficiente para lograr venderlo.
Consulté la factura, y descubrí con asombro, en el poco ruso que pude entender, que estaba claramente especificado que el negocio garantizaba un 100% de la satisfacción del cliente. ¡Yo ni siquiera imaginaba que el idioma ruso tuviese las palabras necesarias para expresar una promesa así!
¡Excelente! Al día siguiente, pondría mi plan en acción...


Desperté con una misión y un solo objetivo en mente: extirpar de mi vida esa cruel y satánica parodia de teléfono. Caminando hacia el subte, paré en Ion y asumí ante el vendedor el aspecto de un extranjero confundido. Expliqué:
-No sé qué pasa. Un día anda, al otro día... (inserte exhalación enfática que suenda como un pedo). ¿Podría cambiarle la... ejem... batería... a ella? Da? Da?
Yo sabía que mobilnik (celular en ruso) es un sustantivo masculino, y en general era perfectamente capaz de expresar lo que andaba mal. Solo estaba tratando de expresar la mirada desesperada de un extranjero, esperando que si le lloraba lo suficiente, el tipo me cambiaría la batería con tal de que me fuera. Y eso es exactamente lo que hizo, después, por cierto, de adherir la todopoderosa estampilla de autentificación en mi factura.
Fase Uno de la misión "Darle a Rusia una Cucharada de su propia Medicina" completada; ahora: ¡de vuelta al Infierno! Me fui a la periferia de Gorbushka.

Apenas llegué empecé a buscar una de las banderas que anuncian las tiendas de compraventa. El primer comerciante con el que hablé llamó a su socio para ponerle precio a mi celular. El socio dio vuelta el teléfono, lo encendió y me preguntó cuánto quería por él, y yo le dije 2000 rabla (doscientos menos de los que yo había pagado por él, sin darme cuenta de que era solo una diferencia de 4 o 5 dólares). Me miró como si yo fuera una ardilla parlante, tosió y me ofreció 800. Yo esperaba tener que regatear un poco, pero siendo mi primera experiencia rusa en esa especialidad, estaba un poco intimidado (de paso, les diré que estaba haciendo todo lo posible para perder mi aspecto de extranjero estúpido. A estas alturas, ya daba mi mejor impresión de hombre de negocios experimentado, la clase de consumidor que sabe exactamente lo que quiere).
Sugerí 1500 rublos. Apagó el celular, me lo devolvió y murmuró algo que no entendí del todo. Me imagino que era algo acerca de que tenía que estar absolutamente loco para pedir semejante cifra por un teléfono usado.
Tomé el aparato y me fui a buscar otro kiosko. En la tienda siguiente, traté de ser un poco más realista y pedí 1000. El vendedor respondió ofreciéndome 500. Le dije Nyet, spacibo, y continué mi búsqueda.
El tercer kiosko no era más grande que un armario y ciertamente no estaba ni repleto de mercadería ni lleno de clientes. Pensé que era una buena combinación, así que pregunté si compraban teléfonos. El dueño debe haber percibido mi acento inglés, o asumido que yo no hablaba ruskii (caso contrario, yo hubiera podido leer el enorme cartel que decía "Compramos teléfonos"), porque me contestó, con un fuerte acento ruso: -Yes, yes, dude. What you have?
Le mostré el celular y, para mi sorpresa, no llamó a un amigo para que lo ayudara a tasarlo; lo que hizo fue LLAMAR a su amigo por teléfono, para tasar el teléfono POR EL TELÉFONO. Describió el teléfono por teléfono y el estado del mismo a su colega y confirmó la opinión del experto diciendo: -1000? Da, ladno. Luego de buscar papel y lápiz, escribió su cifra (y me deleitó el hecho de no haber sido forzado a hacer yo la primera oferta). Para mi sorpresa, lo que el tipo había escrito era 100 rublos menos que lo que el socio había estimado, es decir, 900 rublos. Se lo hice notar, aunque, para mí, representaba solo una diferencia de u$s 2. Me dije que lo que define a un negociante maduro es su frugalidad. El hombre corrigió la oferta y nos pusimos de acuerdo. Me fui de allí con 2000 rublos en el bolsillo. Comenzaba la Fase Tres de la misión "Darle a Rusia una Cucharada de su propia Medicina".
Encontré la tienda donde Lindsey y Adam habían comprado sus celulares. Yo sabía que después de incontables propagandas televisivas que decían "Los precios de Evroset siempre son menores", por lo menos yo conocía a dos clientes satisfechos. Por último, también sabía que me darían una factura.
Me compré un Siemens A70 azul, completo, con batería y cargador.
Con la satisfacción del deber cumplido, dejé el Infierno Electrónico por última vez (espero) y llamé a Lindsey para informarla de mi éxito. Se puso muy contenta y me felicitó, al igual que Tatiana Nikolaevna. Un pequeño resto del Mike norteamericano se sentía mal por haber jodido al dueño de un negocio, pero pensé: "Donde fueres, haz lo que vieres...".
Como fuese, yo sabía que él sacaría rédito de mi victoria: un pequeño detalle como que el teléfono no funcionara no le impediría vendérselo a otro pobre desgraciado.

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