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20050805

Pedro B. Palacios, "Almafuerte"


El poeta poco antes de morir

Almafuerte

Dedicamos este artículo al poeta emblemático de la República Argentina: Pedro Bonifacio Palacios, por seudónimo Almafuerte.
Nació en San Justo, un suburbio de clase media-baja del oeste de la ciudad de Buenos Aires, en 1854.
Su primer dolor, como él mismo afirmó, fue la muerte de su madre, cuando Almafuerte contaba tán sólo cinco años de edad. El segundo, decimos nosotros, fue la actitud de su padre, que abandonó al poeta y a sus hermanitos poco tiempo después. El pequeño Pedro recaló, entonces, en casa de una tía, a cuyos cuidados quedó.
El tercer dolor, aquél que moldearía su personalidad, su carácter y sus ideas, pudo haber sido la pérdida de su bienamada, la cual, según cuentan, lo abandonó para casarse con otro. Algunos biógrafos encuentran en este episodio la raíz del modo hosco y huraño con que Palacios se relacionó con las mujeres durante todo el resto de su vida. Acaso recordando el amor perdido escribiría, en su amado Chacabuco de 1880:

¡Y te haré de mi gloria una diadema,
de mi mente una túnica de grana,
de laureles y aplausos una alfombra,
de mi pecho y mi sangre una muralla
porque yo tengo
virtud en mi alma,
para llenar de admiración los orbes
si una mirada tuya me lo manda!


Pero queda aún un cuarto golpe. En medio de la extrema pobreza en la que creció y vivió, la ilusión de Almafuerte no se orientaba en aquellos tiempos a la poesía, sino a las artes plásticas. Quería ser pintor, y estaba dotado para ello. En vista de su imposibilidad económica de viajar (en aquellos tiempos, como hoy, París era la Meca de los pintores y estudiantes de arte), la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires propuso a Almafuerte como candidato para una beca que le permitiera viajar a Europa y perfeccionarse. Sin embargo, la Cámara de Senadores se la negó, aduciendo que el joven Pedro "bien podía formarse pictóricamente en el país". La frustración que esta negativa le provocó profundizó su disgusto de la política, su desconfianza hacia los partidos y una fiera visión crítica que volcaría, más tarde, en muchos de sus escritos.
Almafuerte adolescente, pobre y sin recursos, comenzó a trabajar en la misma escuela donde había seguido la enseñanza básica. Fue preceptor, maestro de dibujo y profesor de declamación. La vocación docente ya estaba en su alma, y nunca lo abandonaría.
A los 16 años, sin tener siquiera el título de maestro, pero provisto de una larga experiencia al frente de las clases, Almafuerte es nombrado director de una escuelita rural en Chacabuco, en la campaña bonaerense. Esta precocidad lo emparenta con nuestro maestro máximo, Domingo Faustino Sarmiento, a quien pudo conocer, por fin, en la misma Chacabuco en 1884.
Por esos tiempos despierta la necesidad de expresar en poesía todos sus sentimientos: siendo un autor completamente autodidacta, resulta casi imposible clasificarlo dentro de las corrientes literarias de su época, aunque el conocedor descubrirá la voz y la técnica de José de Espronceda tras la garganta y la pluma de Almafuerte.
Cuando Almafuerte cumplió 20 años, el diario Tribuna publicó su primer poema: Olvídate de mí. En 1875 fue Pobre Teresa, una obra de teatro en cuatro actos, escrita en verso. Con el ímpetu de esos pequeños primeros logros, el poeta continuó publicando en medios de mínima o regular tirada: La Ondina de Plata, El Álbum del Hogar, Caras y Caretas y La Biblioteca.
Pero la gran difusión del nombre y la obra de Almafuerte aún estaban por venir: en 1893, el importantísimo diario argentino (hoy día el segundo en circulación) La Nación, publicó su poema ?, que incluímos en el presente número de nuestro Boletín. ? levantó una polémica tan grande que se discutió, en su momento, hasta en el diario El Globo de Madrid.
Almafuerte fue un orador que prefería componer poesías a declamar ideales. Su ideología era libertaria e inflexible, claramente inspirada en las de la Revolución de 1810 (Libertad de Argentina con respecto a España), la Declaración de la Independencia (1816) y la Organización Nacional de 1853. Periodista desde los 20 años, escribió en el diario Buenos Aires, fue secretario de redacción de El Oeste de la ciudad de Mercedes, dirigió el diario El Pueblo y fundó El Progreso en Chacabuco. También fue periodista en La Plata, desde donde combatió ácidamente al gobierno argentino. Según sus propias palabras: "Puse en aquella violentísima hoja toda mi sinceridad y buenas intenciones. A este Gobierno le entregué mi reputación y mi cerebro todos los días, todas las horas del día. No saqué de él ni provecho pecunario, ni provecho político, sino una enorme cosecha de odios y de envidias...".
Cuando la Revolución del Parque (orientada por el radicalismo) de 1890, Almafuerte se identificó con los ideales libertarios de Alem y con los orígenes revolucionarios de ese movimiento. Pero la violencia de los levantamientos armados que originó pronto lo desengañaron. A partir de entonces, divorciado completamente de la política, Almafuerte confió sólo en las reservas morales del ser humano y nunca más en los cotilleos de comité.
Confiar en la moral, confiar en el Hombre, confiar en el pueblo. Pero para eso había que ayudar a ese pueblo, a ese Hombre, a esa moral. Y la manera que Almafuerte encontró para lograrlo fue extremar su esfuerzo como maestro. La mala situación del pueblo pobre (la "Chusma Sagrada", le gustaba decir) sólo podía ser revertida a través de la educación, en línea con la idea sarmientina. Las escuelas rurales de Buenos Aires, Salto, Chacabuco, Mercedes y Trenque Lauquen lo vieron extenuarse tras horas y horas de clases ininterrumpidas. En aulas precarias, en simples taperas, Palacios enseñaba las primeras letras, recitaba poemas, transmitía los rudimentos de la matemática a grupos de niños rurales, hijos de peones, hambreados, castigados, excluídos, ignorantes, analfabetos, con una dedicación y una obsesividad fanáticas, indetenibles, interminables. Pero no concluía ahí su labor, en la simple pasividad del transmisor de datos fríos. Conocía instintivamente las técnicas para estimular la creatividad de los alumnos, los guiaba hacia la investigación, los incentivaba a buscar el saber, los estimulaba a sentir la sed inagotable de conocimiento que él mismo sentía. Enseñaba Ciencias y Geografía a campo abierto ("en el lugar de los hechos", escribió). Su método docente obligaba al alumno a observar la naturaleza y deducir de esa observación las leyes que la regían.
No contento con esto, extendió su campo de acción: pedía a los niños que trajeran a sus padres a estudiar. Y tuvo un éxito inconcebible: los cursos que dictaba Almafuerte comenzaban con no más de diez o quince alumnos, para, al promediar el año, verse colmados por doscientos o trescientos educandos de todas las edades.
Pero, en 1896, por razones políticas (o más bien por falta de ellas, ya que su actitud individualista e independiente irritaba a todos), el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires encontró la manera de silenciar a Almafuerte, al menos en las aulas: el gran maestro no contaba con un título oficial habilitante. Descubrirlo enseñando a los pobres en Trenque Lauquen y prohibirle ponerse al frente de una clase fue todo uno, una de las más grandes injusticias de la historia argentina.
Pero Almafuerte, fiel a su nombre, no cejó. Redobló su labor dialéctica y poética, siguió enseñando en forma privada, defendiendo el rol del docente, exaltando la cultura, trabajando por los pobres.
Había, empero, gente que lo apoyaba. Sarmiento había sido uno. Su amigo, el poeta salteño Joaquín Castellanos, fue otro. A instancias de éste último, Almafuerte fue nombrado Prosecretario de la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires. De inmediato se abocó Almafuerte a la organización del Archivo Histórico de la Legislatura, aprovechando su tiempo libre en escribir su extenso poema Jesús.
Pero su capacidad oratoria lo traicionó, y la política, una vez más, lo dejó de lado. Le quitaron su empleo los deleznables politiqueros de turno:

Los hijos de la Sombra y el Prostíbulo,
mienten la compasión, no se redimen:
nacieron con el síntoma del Crimen,
y el fervor inefable del Patíbulo.
Como la herida que se cierra en falso,
cualquier choque fortuito los encona:
anhelan, como el genio, una corona,
su Hospital, su Presidio y su Cadalso.
Y el Mal es mal: lo mísero, lo inmundo,
lo formado de pústulas y lamas,
debe rodar al centro de las llamas
para salvar de su contagio al mundo.


Con motivo de las elecciones de 1904, Almafuerte pronunció un encendido discurso a favor del candidato Marcos Avellaneda, pero quiso el destino que ganara Quintana. En venganza por haber apoyado al derrotado, el poeta fue destituído de inmediato.

Tú caerás en la sombra; y el Ser Nuevo
no ha de pensar que fue tu desarrollo,
con la suma sapiencia con que un pollo
rompe y olvida la prisión del huevo.


Una vez más Almafuerte se volvió introspectivo, solitario y hosco. Se recluyó a escribir y se desligó totalmente de la política y las funciones públicas, harto de ser tildado de machista y
de misógino. Defendiéndose de estas por demás injustas acusaciones, dijo en un discurso en el Teatro Odeón de Buenos Aires, ante una multitud femenina que lo admiraba: "Es ya pública voz
y forma que el viejo Almafuerte no amó ni ama a la mujer, pero el viejo Almafuerte carga con esa cruz como con cualquier otra, y hace su jornada sin dar a la calumnia otra respuesta que una vida más ponderada, que un alma mejor, dentro de lo posible y a veces dentro de lo imposible. Porque amé y amo a la mujer en lo sano y en lo limpio...". Almafuerte sintió por esta época que los únicos que merecían su esfuerzo eran los pobres, los miserables, los enfermos, los ignorantes, y a ellos se volcó de modo definitivo.
Pero la admiración por su poesía era cada vez mayor. Las masas se sentían identificadas con él, con el poeta cultísimo, ampliamente cultivado, capaz de escribir versos técnicamente perfectos y llenos de sangre y de pasión, donde hablaba de él mismo, de ellos, porque era uno de ellos, era pobre de toda pobreza, carente de toda carencia, humilde de toda humildad. Pedro era sanguíneo, fogoso y estaba de su lado. Del lado de él. Del lado de ellos. De nuestro lado.

No me causa pavor, ni me difama,
envolver con mi llanto tu persona:
no soy el Cristo-Dios, que te perdona...
¡Soy un Cristo mejor: soy el que te ama!


Un periodista que presenció algunas lecturas de Almafuerte en un teatro, escribió, veinte años después: "La potencia de exaltación lírica contenida en esos versos, sólo en la voz y en la pujanza del autor podía desencadenarse con semejante expansión tribunalicia. Aquellos versos apostrofaban, condenaban, zaherían, renegaban, enaltecían y despreciaban con una fuerza de pasión verdaderamente conturbadora.".
Almafuerte escribió miles de cartas a los poderosos de turno solicitando alimentos, trabajo, vivienda, educación, medicamentos, becas o subsidios para su "chusma sagrada", para sus niños, para los alumnos -muchos de ellos décadas mayores que el poeta- a los que invariablemente llamaba "mis hijitos". Fueron miles, decenas de miles, los "hijitos" de este hombre encerrado, soltero, solitario, olvidado, pobre hasta el último extremo, sujeto a todas las injusticias... Por regla general, su insistencia, su metálica voz de clarín, tenía éxito en sus reclamos. Ante cualquier cuestionamiento, el "pedigüeño" respondía invariablemente que nunca, jamás, en toda su vida, había pedido algo para él, sino para los pobres. Y era verdad, y por eso lo escuchaban.
El hombre que nunca había pedido nada para él, nunca recibió, tampoco, nada de nadie. En su vejez, se vio obligado a sobrevivir a su extrema miseria en una humilde casita de la calle 66 nº 530 en la ciudad de La Plata, capital de Buenos Aires. Su soledad, la miseria y las privaciones fueron minando su salud, y lentamente se hizo alcohólico. Cayó poco a poco en cada vez más frecuentes crisis depresivas, pero, aún en medio de tanto sufrimiento, sintió el deseo de completar su obra con el único sacrificio que le restaba por ofrendar: la paternidad. El hombre, solo y derrengado, culminó su contribución adoptando cinco niños menesterosos, que, con más autoridad que nadie, le endulzaron los oídos amargos con la palabra "papá", que el viejo poeta jamás había escuchado de boca de nadie.
Pero era el padre de todos. Sarmiento dijo de él una vez: "¿Que le han prohibido enseñar? Pues les notifico que Almafuerte fue quien nos enseñó a enseñar...".
Mientras tanto, Almafuerte se abrigaba, en el intenso frío del invierno, con el único trapo que él deseaba lo envolviera y lo acunara con su contacto... Una vieja y raída bandera argentina.
En 1916 el agotamiento y las horribles privaciones comenzaron a destruir al paladín de los humildes. El agotamiento físico llevó a una esclerosis renal que apagó su vida luminosa como un viento determina la muerte de una llama. El 28 de febrero de 1917, Almafuerte se fue.
Pero no para siempre. Todo lo contrario. Almafuerte vive aún, vive en la fuerza y el nervio de sus versos, en su afán combativo, justiciero, de predicador proscripto, de profeta negado por los poderes pero escuchado por las masas, por la "chusma sagrada", por "sus hijitos".

Yo tuve la tendencia, la costumbre,
de poner mi saliva en las montañas;
pero les dí sin pena mis entrañas,
cada vez que dejaron de ser cumbre.


Cincuenta y siete años después de la muerte de Almafuerte, el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires lo declaró Maestro Honoris Causa, otorgándole por fin el título que nunca tuvo en vida y que se convirtió en su sueño más preciado. Derogó también el decreto que en su juventud le había prohibido continuar con la enseñanza.
Almafuerte vivió la lucha: siendo pacífico, su combate fue contra la injusticia, la exclusión social, la mezquindad humana y la miseria de espíritu. Almafuerte es el primer verdadero poeta social de la Argentina, y acaso uno de los más perfectos:


Comezón de vivir, de ser siempre,
¡de escalar de una vez la montaña!
¿Quién os puso en la sangre? ¿Qué objeto
tendrán los deseos, tendrá la esperanza?


No sólo vivió la lucha, sino que la plasmó en versos como éstos, o como los Siete Sonetos Medicinales, un himno a la refriega, a la voluntad y a la lucha contra la desesperanza.
Se le ha imputado a la poesía de Almafuerte una excesiva ampulosidad y un estilo melodramático y declamatorio. Quienes así opinan lo hacen por ignorancia, porque no toman en cuenta que Almafuerte nunca escribió para que sus versos se convirtieran en letra muerta, perdida entre las páginas de un viejo libro. Almafuerte escribía sus poemas para recitarlos frente a multitudes, es decir que la poesía almafuertiana es, en realidad, un ejercicio de oratoria y retórica, aunque poéticamente perfecta en rima, métrica, técnica y estilo.
Aprendió elocuencia (y aprendieron de él, cómo no) de eximios oradores políticos de su época. Leandro N. Alem y Aristóbulo del Valle arengaban a las masas con el mismo exacto estilo con que Almafuerte elaboraba poemas.

Hay entre la equidad y la Justicia,
nada más que una feble sutileza...
¡Y entre la Caridad y la Pureza
un abismo sin fondo de inmundicia!


Pero él fue superior. Aquéllos eran políticos que buscaban el poder. La voz de Almafuerte era la del predicador que jamás hizo concesiones ni dio ni pidió cuartel, del hombre hosco, del luchador por los derechos ajenos rígido e inflexible, del descreído del amor porque el amor le había sido negado desde un principio.
A pesar de haber publicado en vida sólo dos libros (la mayoría de sus poesías son póstumas), esas escasas páginas alcanzaron para ganarle la admiración de Jorge Luis Borges o de Rubén Darío, entre otros.
En la ciudad de Trenque Lauquen se conservan los libros que pertenecieron a Almafuerte, en la casa que habitó durante su paso por allí como maestro. En su pequeño cuarto, alumbrado a querosén, nacieron Jesús, Mi alma, Espigas... Sobre esa época, el maestro escribió: "Los dos años que ejercí el magisterio en Trenque Lauquen me llenan de una satisfacción inefable... Todo lo poco que sé y que pudiera serles útil, lo desparramé sobre aquellas cabezas a plenas manos, lleno de un afán por el bien ajeno que es muy posible no vuelva a sentir jamás, porque nadie es heroico siempre y ninguna exaltación de sentimientos es duradera.". El fin de esos dos años fue el decreto de cesantía.
Fue poco lo que estuvo entre nosotros, pero gigantesco su legado. Humildad, extrema pobreza, austeridad y entrega total fueron sus leyes inflexibles, sacerdotales, hieráticas. Y las cumplió, sin detenerse pero sin salirse de su camino.

Y el Sol, el padre Sol, el raudo foco
que lo fomenta todo en la Natura,
por fecundar los Polos no se apura
ni se desvía un ápice tampoco.


Así lo hizo, también, el poeta. Su cuerpo estuvo en este mundo 62 años, pero su poesía y sus elevados ideales vivirán para siempre.
El Gobierno lo nombró Maestro. Nosotros lo llamamos, simplemente, "Padre".

Marcelo Dos Santos
A partir del lunes, los mejores poemas de Almafuerte en este weblog.

3 Comments:

At abril 29, 2010 2:30 p. m., Blogger DIEGO IGNACIO said...

considérelo leído, considérelo trasferido.
Muchas gracias.

 
At junio 17, 2013 5:53 a. m., Blogger Eduardo Mernies said...

Por cuestiones fortuitas, vine a parar a la lectura de su artículo. Con profunda admiración por la calidad de su escritura, tomé contacto más profundo con la historia de Almafuerte. Acabé admirando la trascendencia de su vida, más allá del poeta, y tan propio de un honorable poeta.
Permítame expresar mi agradecimiento, y reiterar mi nueva admiración por un ejemplo de grandes hombres en la historia del país hermano. Un saludo fraterno desde el pueblo uruguayo.
Eduardo Mernies

 
At marzo 09, 2015 1:42 a. m., Blogger Osvaldo said...

Soy de leer mucho y por eso me gusta tener la chance de leer artículos diversos y de esta manera poder cultivarme con distintos textos. Gracias a Lan Argentina llego a distintas partes del mundo y siempre trato de adquirir la literatura del lugar

 

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