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20050722

Pájaro raro

Este es de Juceca, seudónimo del escritor y humorista uruguayo Julio César Castro, que, entre otras cosas, le escribía a Landriscina los extraordinarios monólogos de Don Verídico.
Tuve el privilegio de conocer a Castro en los años ´80, de trabajar con él y de ser su amigo.
Lo recordamos siempre y lo extrañamos mucho, y, para aventar un poco la nostalgia, les regalamos aquí este texto imperdible.


Una historia de Don Verídico: Pájaro raro
por Julio César Castro
Hombre que supo ser astuto para la cuestión de los pájaros, aura que dice, Nomemiren Lento, el menor.
Como quien dice, vivía para el trampero y el pegapega. ¡Muy aficionado!
Para hacerle una diablura, una vuelta le colgaron bien alto en un eucalipto, un plumero viejo. Hombre de mirar para arriba, una mañanita va y ve el plumero que se sacudía con el viento. Se quedó como clavado en los pastos con las vistas en la rama del eucalipto. En los jamases tenía visto semejante pájaro raro y eso que tenía visto infinidades.
En el rancho nomás, tenía chajases en pila, canarios flautas y guitarreros, teru-teru a bocha, viuditas, gargantillos, mistos, dorados, azulitos, lechuzas, boyeros, etcéteras, gallinetas, chimangos y cuanto bicherío con plumas volara por el pago.
Cuando se sentaba a matear en la cocina, los tenía que estar espantando como moscas. Moscas no tenía.
Con el griterío entreverado, al poco tiempo las lechuzas redoblaban como canarios, los canarios gritaban como chajases y los chajases a los chistidos. Y Nomemiren Lento no sabía chiflar. Para que vaya viendo.
Lo que no quería tener eran ñanduces, desde una vez que supo tener una yunta y le comieron la bombillas, un par de estribos, una argolla y dos bulones del catre.
Cuando los rezongó, los dos ladinos metieron la cabeza en el piso de tierra. Que después Nomemiren tuvo que estar tapando.
Cuando vio el plumero en el eucalipto quedó un ratito como abombado y después salió corriendo para armar toda clase de trampas. Le metió pegapega a todo lo que había por los alrededores. Vaca que se iba a rascar contra el alambrado, había que estarla despegando. Nomemiren Lento se pasó las horas abajo del eucalipto, y el pájaro quietito en la rama. Para la tardecita dejó las trampas armadas, y rumbeó para el boliche El Resorte, para consultar.
Estaban el tape Olmedo, la Duvija, Positivo Cable, el pardo Santiago y Sernífugo El, mamados por unanimidad y cantando a contrapunto, todos al mismo tiempo. Cuando cayó Nomemiren, era el griterío y nadie lo escuchaba. Tuvo que amagar a manotearles la damajuana para que lo rodearan.
Allí fue cuando aprovechó para la consulta.
-Tengo visto -dijo- un pájaro de lo más extraño que jamás tengo visto, y está paradito en la rama de un eucalipto y un redepente alguno de ustedes sabría decirme, si va y lo ve, qué pájaro viene siendo.
El tape Olmedo se quedó cavilando, se acomodó la gorra (lo que nunca) y le preguntó:
-Y el tal pájaro: ¿es de canto largo, corto o chispea nomás?
-Ni pío, dice: salvo que cante bajito, para él solo.
-Lo que habría que hacer -dijo el tape- sería un esfuerzo y dir a ver, porque sin ver no se sabe. Vamos, vemos y después veremos.
Cargaron una damajuana de tinto para el viaje, treparon al carro y allá salieron para el lado del eucalipto.
Cuando iban llegando, Nomemiren Lento pidió que no cantaran para no espantarlo. Se fueron arrastrando entre los pastos hasta el lugar. Que el tape Olmedo se arrastraba de espaldas para poder empinar la damajuana. Llegaron, lo vieron, y al rato todos dijeron que nadie lo conocía y el tape que lo mejor era poner un trampero.
-Usted le pone un trampero con un llamador -le dijo- y se va para las casas tranquilo, que cae solito.
-¡De dónde llamador! -apuntó Nomemiren-. Para llamador hay que poner uno igual y que cante, ¡y éste ni se sabe si canta!
-Para usted que es baqueano -preguntó la Duvija- ¿le parece macho o hembra?
-Por el plumaje, para mí es machito.
El tape Olmedo se ofreció para trepar al eucalipto, antes que los agarrara la noche, y ver de manotearlo. Muy mamado, subió con dificultades. Llegó a la rama ya entre dos luces, le vio el mango al plumero y bajó como tiro.

Pálido y fresco, dijo que lo mejor era irse del lugar, porque un pajarraco con semejante pico era un peligro.
Nomemiren trajo una escopeta, apuntó a la punta del eucalipto y le descargó los dos cartuchos. Juntó las plumas nomás, y se quedó sin saber. Pero fíjese lo que son las cosas: cuando la mujer vio aquellas plumas, le pidió que le hiciera un plumero.

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