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20050401

Malvinas

En el pueblo de Darwin, en las Malvinas, hay un cementerio poblado de cruces blancas. La mayoría de ellas ostentan sólo un texto: "Soldado argentino desconocido".

Se cumple hoy un nuevo aniversario de la recuperación por la Argentina de nuestras Islas Malvinas, usurpadas por los británicos en el siglo XIX.
Los jóvenes argentinos que combatieron y murieron en aquel conflicto merecen nuestro recuerdo y reconocimiento, porque ya se sabe que los que vuelven de la guerra no son reconocidos ni siquiera cuando ganan, ni que hablar de los que han sido derrotados.
Toda guerra es horrorosa, más allá de los argumentos que se defiendan para justificarla. Es cierto.
Pero en este caso en particular, cuando un trozo del territorio nacional estaba –y aún sigue estando- en manos de extranjeros, se utilizó la defensa de la soberanía como soporte especialmente adecuado de una guerra que no se podía ganar –que no se ganó-, contra una de las potencias militares más grandes de la Tierra y en condiciones de inferioridad estratégica, táctica, meteorológica y tecnológica.
Las únicas superioridades de que gozaban las tropas argentinas era la numérica y la enorme, inconmensurable grandeza espiritual de nuestros soldados, que ofrecieron sus vidas y su salud en aras del cumplimiento del deber, luchando sin esperanza –y ellos lo sabían- esa guerra que no se podía ganar –y ellos lo sabían- contra un enemigo al que no se podía vencer –y ellos lucharon y murieron sabiendo eso también-.
El enemigo sufrió, es cierto, pero no tanto como los nuestros. Si bien murieron muchos de ellos, su moral, su abrigo, su alimento y su equipamiento fueron, durante todo el conflicto, muy superiores a los de nuestros compatriotas.
A pesar de todo, los soldados argentinos lucharon como hombres, con coraje y ferocidad, inclusive cuando todo estaba ya perdido. Inclusive la superioridad numérica.
Y aquí quiero detenerme un instante, para reflexionar en esto. La superioridad numérica lograda al principio de la guerra implicó llevar al frente a enormes cantidades de soldados argentinos de 19 años, conscriptos reclutados, con escasos suministros y poco o nulo entrenamiento.
Lo irónico del caso es que aquí se consideró a la soberanía como una mera cuestión territorial (recuperar las islas usurpadas) y se olvidó, precisamente, el sentido del concepto: soberanía es, entre otras cosas, conservar el patrimonio para el aprovechamiento de las jóvenes generaciones: el futuro, casualmente... los combatientes.
La soberanía es más, mucho más que ese concepto de control territorial, tan limitado y limitante. La soberanía no se limita a recuperar un trozo de terreno y a plantar en él una bandera.
Soberanía es poblar una región, convertirla en productiva, garantizar en ella la paz, la justicia, la educación, la salud, el orden, la tranquilidad, el trabajo, el derecho y la vigencia de las leyes.
Soberanía es preservar, precisamente, la vida de los jóvenes –es decir, el futuro-, y procurar, si es posible, la resolución de los conflictos por medio de la negociación diplomática.
Es por ello que el conflicto de Malvinas, a cuyos héroes y mártires recordamos hoy, constituye un toque de atención para reflexionar sobre el verdadero sentido de de algunas palabras que se sostienen como estandartes y que muchas veces significan conceptos diametralmente opuestos a los que se les atribuyen. Patria, nacionalidad, soberanía, cultura, nación y estado son algunas de las que pertenecen a esta categoría.
Independientemente de ello, hoy, a 23 años de la trágica gesta que se llevó las vidas de tantos adolescentes argentinos, vaya nuestro emocionado recuerdo y sentido homenaje a aquellos héroes que, entre la niebla, el frío y la desesperación de la derrota inevitable, no vacilaron en luchar y no dudaron en morir para defender aquella tierra que, al menos por algo más de un mes, volvió a formar parte de la patria.

1 Comments:

At abril 08, 2005 11:29 a. m., Anonymous Anónimo said...

Marcelo,

admiro sin dudas tus trabajos escritos, y aún más tus comentarios al paso en Axxón. Comparto hoy tu visión de una guerra que nunca debió ser. Pero todavía hoy me cuesta asociar la palabra héroes a mis amigos muertos, heridos o mutilados. Porque más allá del acto individual, del convencimiento y del peligro personal, todavía me resulta difícil aceptar el concepto de Patria asociado a esta guerra.
Yo vestía uniforme, como ellos. Estuve lejos de la batalla, pero no lejos del problema. Me tocó recibirlos en el puerto, llevarlos al hospital y ver cómo los encerraron como prisioneros o apestados. Cómo era evidente que fueron mejor tratados por sus captores que por sus superiores compatriotas. Me tocó guiar a madres, hijas y esposas a que recibiesen noticias, que muchas veces se traducían en la confirmación de su muerte o la notificación de su estado de desaparecido, para el caso, equivalentes.
Mi familia ha puesto al servicio de la Patria su pellejo y sus escasos bienes cuando hizo falta, desde el tiempo en que los godos bajaban desde el Alto Perú.
No puedo decir que me honre haber sido un personaje, aunque sea muy, muy secundario de tamanio disparate.

Un abrazo,
Raul (Der Kastro)
- Corresponsal de Florida en la Selva Negra
- Respetuoso admirador de don MDS

 

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