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20050317

Nazismo en Argentina

Todos recordamos el 1º de septiembre de 1939 como el día del inicio de la II Guerra Mundial, en que las tropas alemanas invadieron Polonia. Lo que no todos recuerdan es que ese mismo, infausto día, en todos los hospitales alemanes y de las zonas ocupadas de Austria, Checoslovaquia y Danzig se ejecutaron mediante inyección letal a todos los pacientes terminales internados. El motivo fue supuestamente hacer espacio para los soldados alemanes heridos que se suponía pronto llegarían del frente.
Este espantoso genocidio continuaría luego con el Holocausto.
También sabemos que la Argentina fue el refugio preferido por los nazis. Leon Uris, en su abismal novela Mila 18, escribe: "Se prepararon para trasladar sus fortunas y escapar a la Argentina, único país amigo del nazismo".
Aquí vivieron tranquilamente Martin Bormann (mano derecha de Adolfo Hitler), Klaus Barbie (el "Carnicero de Riga"), Adolf Eichmann (ejecutor de la "solución final"), Josif Mengele (el "Ángel de la Muerte" de Auschwitz-Birkenau, demoníaco médico famoso por sus espantosos experimentos con seres humanos, especialmente niños), Erich Priebke (responsable del fusilamiento de 400 personas, la mayoría niños, en la Fosas Ardeatinas de Roma) y Paul Schaffer, amigo de Pinochet y conocido pederasta y abusador de menores.

Los herederos ideológicos de aquellos asesinos continúan hoy en nuestro país. Porque no hay sólo una manera de matar y destruir a un ser humano, sino varias... Y una de ellas es la discriminación de los enfermos. Entre impedirle ejercer su vida dentro de la sociedad y matarlo no hay en verdad mucha diferencia. Se los intenta convertir en parias, en excluidos, en muertos en vida. Como en Auschwitz.
Un jardín de infancia argentino acaba de negarse a admitir como alumno a un niño de 4 años de edad, afectado de leucemia linfoblástica aguda, por el solo motivo de padecer de leucemia linfoblástica aguda. La especie fue denunciada por los padres del menor y avalada por el Ministerio de Educación de la Provincia de Santa Fe, organismo que calificó a la actitud de los directivos de la escuela como "inadmisible".
Nos avergüenza como ciudadanos y como sociedad que los directivos de ese colegio (y de tantos otros que proceden de forma similar) tengan el coraje de llamarse argentinos.
Nos indigna que esos colegios (privados o públicos) sean apoyados por el estado argentino con subsidios que provienen de los impuestos que todos pagamos (inclusive los padres del niño enfermo).
El estado, por tanto, tiene la obligación, para no ser cómplice de esta aberración, de perseguir, procesar y castigar con las más duras penas que prevé el Código Penal Argentino, a los responsables de tamaño atropello. Deben ser acusados de discriminación, abuso de menores y abandono de persona, en flagrante violación de la Ley Antidiscriminación, del Pacto de San José de Costa Rica, de la Declaración Internacional de Derechos Humanos y de la Declaración de los Derechos del Niño. Todas ellas han sido firmadas por la Argentina y en este país tienen rango constitucional.
Esperamos que la justicia argentina no nos defraude una vez más, y que los culpables de semejante crimen sean reprimidos con todo el peso de la ley y paguen con la prisión y el patrimonio para reparar, aunque sea en mínima parte, el daño causado al niño, a su familia y a todos nosotros como sociedad.

La noticia completa, en Clarín de hoy.

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